jueves, julio 13, 2006

PICASSO Y LA RISA

Si le pidiésemos a un estudioso de Velázquez que nos explicase la complejidad de "Las Meninas" valiéndose de una pizarra y una tiza, o de un lienzo y unos pocos colores elementales; si éste estudioso resultase ser, además, un dibujante excepcional, especialmente dotado para la composición y las relaciones espaciales; y si, por último, el experto en cuestión fuese un partidario decidido del humor, el resultado sería parecido a alguna de las versiones del cuadro que nos deparó Picasso, y que ahora están expuestas* en El Prado, en una sala desde una de cuyas puertas puede contemplarse, a la distancia justa, el original velazqueño.

Es de suponer que los responsables del Prado no han dejado el modelo a la vista para poner en evidencia su abrumadora superioridad sobre las versiones picassianas. Visto, ya digo, desde la abertura dispuesta al esfecto en esta exposición de Picasso, el de Velázquez es lo que tópicamente se ha dicho siempre: no un cuadro, sino una ventana abierta a otra dimensión del espacio, a una burbuja de tiempo que contiene su correspondiente porción de vida; una estancia donde se respiraría mejor, quizá, que en la atmósfera algo cargada del museo.

Las interpretaciones picassianas no pretenden imitar el modelo o crear su equivalente "cubista"; son, ya digo, una explicación del original. Pero es la explicación de alguien que ha entendido y hecho suyo ese modelo, al modo como los niños hacen suyos los modelos que eligen para sus dibujos. Y cuando representa, por ejemplo, a las dos dueñas que Velázquez sitúa en segundo plano, en semipenumbra, a la derecha de la infanta, las convierte sin dudar en dos búhos esquemáticos, dos cajas oscuras sobre las que destacan los puntos gordos y conspicuos de los ojos; o cuando representa al perro, lo convierte en una salchicha desparramada, o en un gracioso monigote... "Las Meninas" de Picasso, en definitiva, hace reír, como nos haría reír cualquier comentario o explicación salida de labios de un experto caricato.

De hecho, me río. Y mi hija, que está a mi lado y, con la seriedad de los niños, hace rato que ha dejado de ver la gracia del asunto, me mira con una cómica expresión de suspicacia. "¡Papá!", me dice, llamándome al orden. Y me río aún más, a la vez que constato que mi estimación por Picasso ha subido muchos puntos en esta visita.


* Exposición PICASSO, TRADICIÓN Y VANGUARDIA,
Museo del Prado y Museo Nacional de Arte
Contemporáneo Reina Sofía, Madrid.

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