domingo, julio 23, 2006

PLACERES

Quizá parte del placer de comer en compañía provenga del hecho de ser éste uno de los pocos placeres que se pueden compartir de ese modo, sin necesidad de establecer la clase de entendimientos y pactos explícitos o tácitos que requieren otros. Sin que la soledad o la intimidad compartida sean imprescindibles (aunque pueden ayudar). Y sin renunciar ni por un instante a la inteligencia alerta, al placer concomitante de la buena conversación y a ciertos usos y cautelas de la vida social que facilitan no poco un entendimiento que no sea demasiado oneroso. Y al recuerdo instantáneo, y gustosamente compartido, de otros momentos igualmente placenteros. No diría que es el mayor placer asequible a los sentidos, porque en esto, como en tantas otras cosas de la vida, prima la ley de la oferta y la demanda, y hay placeres (todos sabemos cuáles) en cuya consecución es mucho lo que empeñamos y mucho lo que, consiguientemente, esperamos conseguir a cambio. Pero posiblemente sí sea uno de los más completos y civilizados, y uno de los más relacionados con esa otra manifestación mayor de la sociabilidad humana: la amistad.

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