viernes, julio 21, 2006

SÍMBOLOS

Y es que con los símbolos pasa lo que con todo: envejecen, se gastan, se degradan, se descontextualizan. Cuando los rockabillies madrileños de los años ochenta hacían ondear en los conciertos la bandera confederada, seguramente no eran conscientes (¿o sí?) de que estaban haciendo uso de un símbolo de la esclavitud de los negros y la discriminación racial. El póster del Che que teníamos todos en nuestra habitación pasó al trastero o a los altillos, donde se apolilla tan orgullosamente como otros sueños revolucionarios que ahora, con más precisión, identificamos con otras tantas pesadillas. ¿Y el dichoso pañuelo palestino que tanta polvareda está levantando? La pregunta es la misma siempre: ¿a qué palestinos representa? ¿A los que sueñan con una sociedad democrática con posibilidades de desarrollo, una vez alcanzado alguna clase de entendimiento con Israel? ¿A los eternos irredentos? ¿A los corruptos? ¿A los fanáticos? A veces no sabe uno lo que se echa encima cuando se echa encima determinadas cosas.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hello teacher, está muy bien este blog, pero yo no te escribo para darte mi opinión sobre "símbolos", sino para que tú des la tuya sobre la huelga de basura que ahora mismo estamos sufriendo todos y que cuentes a qué se debe según tú.

J.M.A

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Bienvenido, amigo J.M.A. (or should I say "Welcome"?).

Supongo que te refieres a la huelga de basuras de Cádiz. Por supuesto, tengo mi opinión, como cualquier ciudadano (y esta opinión, seguramente, es tan poco comprensiva con la actitud de los huelguistas como la de la mayoría de los ciudadanos, que no comprenden por qué los trabajadores de determinados servicios públicos los utilizan como rehenes cada vez que reivindican una subida de sueldo).

No obstante, habrás podido observar que rara vez abordo los temas de actualidad en estos términos; es decir, en contra o a favor de algo. Eso lo dejo a otros, que lo hacen mejor. Lo que á mí me gusta hacer, en este "blog" y en mis artículos, es aislar determinados asuntos de la actualidad y utilizarlos como puntos de partida para reflexiones más o menos libres, que, además de entretener al lector, le ayuden a ver las cosas desde una perspectiva más amplia y general. Y que luego piense lo que le dé la gana.

Esto es lo que escribí, por ejemplo, hace un año, respecto a las huelgas de los servicios de recogida de basura que padecieron varias ciudades españolas. Puede ser un buen ejemplo de mi modo de abordar estas cuestiones.

BASURAS

De pronto, nos invade la basura. En diversos puntos del país ha habido o hay huelgas de basureros, y los telediarios reiteran imágenes de calles ocupadas por montañas de desperdicios. Las miramos con aprensión, como si esas acumulaciones de porquería no tuvieran nada que ver con nosotros, no fueran el resultado directo de nuestra actividad, de nuestro consumo, de nuestros caprichos. Y, sin embargo, son eso y mucho más. Cada bolsa encierra los secretos de una familia, sus hábitos alimentarios, sus vicios, sus rutinas higiénicas y sexuales. Colillas, preservativos, papeles con manchas inconfesables, cáscaras, pellejos de fruta, huesos, trozos de piel, restos de guisos, compresas, pelusas, envases... Cada uno de estos residuos tiene su historia; todos juntos, equivalen a la vida de quienes los han producido, nos dicen de qué se nutren, en qué emplean su tiempo libre, qué carencias padecen, qué excesos los sacian. Lo normal, en fin, es que la labor piadosa de los basureros elimine cada noche estos restos antes de que llamen demasiado la atención. Oímos desde casa el denso rumiar de los camiones de la basura y sabemos que esas huellas de nuestra intimidad más inmediata y visible están siendo devoradas por un monstruo benéfico y discreto, que no revelará jamás ninguno de los secretos que le han sido encomendados. Respiramos tranquilos, mientras quizá un último apetito o necesidad nos hace añadir un nuevo desperdicio a la bolsa de mañana.

Porque, qué duda cabe, somos la basura que producimos, y esas miles de bolsas de desperdicios que invaden las calles ofrecen una imagen fiel del mundo masificado y, a la vez, terriblemente individualista en que vivimos. Cada una es un mundo cerrado, aislado, celoso de sus secretos; todas juntas, forman una masa indiferenciada y maloliente a la que nos avergüenza haber contribuido; igual que, a veces, abominamos del ruido que hay en un lugar donde también nosotros gritamos, o de un gobierno al que nosotros hemos contribuido a elegir.

Me asomo a la ventana y veo la plácida sucesión de tipos en pantalón corto que bajan a dejar su bolsa de basura en el contenedor. A veces veo también a un pordiosero que revuelve las bolsas y mete la mano en alguna de ellas, de la que saca algún objeto inverosímil: la carcasa de un juguete, media pelota, una manzana abollada, un calcetín... Hace años que observo a este pordiosero y nunca le he visto llevarse nada. Tal vez su objetivo sea otro: saber un poco más de sus semejantes, medirse con ellos, aprender a no tomárselos demasiado en serio... A veces se para a mirar a los viandantes y repara sin envidia en los zapatos caros de uno o en el bien nutrido carro de la compra que empuja otro. Sabe mejor que nadie el destino último de esos lujos. Y no sé si, cuando mira la cara de quienes los portan, no extenderá quizá demasiado el alcance de sus conclusiones.

(Publicado en Diario de Cádiz, junio de 2005)

(Una cosa más: si te interesan los temas locales, te recomiendo el "blog" "Los peligros" de Manuel Ruiz Torres. Puedes acceder a él desde la columna derecha del mío.)