miércoles, julio 05, 2006

SUBRAYADOS

La primera vez que mi hija me vio aplicar un lápiz a un libro que estaba leyendo me gritó, escandalizada: “¡Papá, que los libros no se pintan!” Era lo que yo le había enseñado. Se ha dicho muchas veces que un niño al que no se le ponen límites ni obligaciones no se siente feliz, y que ése es el motivo de la infelicidad que aqueja a tantos niños malcriados. Bueno. Mi hija asumía con naturalidad uno de los pocos preceptos sagrados por los que me rijo: el respeto a los libros. Hubo que explicarle, naturalmente, que subrayar los libros no violaba sustancialmente ese precepto básico; que lo hacía para destacar ideas o frases que me parecían importantes. Pareció convencida. Otro signo de maduración moral es la aceptación de que las reglas tienen matices y excepciones. Y yo me sentí satisfecho de haber impartido un poco de doctrina práctica en uno de los campos que más me interesan.

Por supuesto, en el colegio no tardó en aprender la utilidad de esta técnica. Con ingenuidad característica y caligrafía desgarbada empezó a cubrir sus libros con llamadas, asteriscos, flechas: “Importante”, “Aprender de memoria”, “Para el examen”, etc. Eran, sin duda, avisos redundantes, exagerados, puede que innecesarios. Pero parecían responder a un designio práctico y revelaban una atención devota a las indicaciones de la maestra. Cierto que afeaban los libros. Como, supongo, mis anotaciones estropean y afean no poco mis ejemplares de Garcilaso, Eliot o Cernuda. El primer libro que tuve de este último, recuerdo, lo perdí: le fue robado a mi novia, junto con el bolso en el que lo llevaba. Y lo que lamenté no fue el valor del ejemplar, que era escaso, sino la pérdida de mis anotaciones y subrayados; triviales y sin interés, seguramente, pero muy útiles para hacerme revivir al instante viejas impresiones de lectura, y para guiar mi atención hacia lo que siempre me había interesado del poeta sevillano.

Pero, además de un recurso mnemotécnico, el subrayado es una técnica elemental de estudio: después de leer un texto, se aconseja subrayar las frases o ideas más importantes, para retenerlas o para incorporarlas a un resumen personal. Y eso es lo que, al parecer, no podrán hacer los niños andaluces a partir de ahora. El programa de gratuidad de libros que patrocina la Junta obliga a sus beneficiarios (es decir, a todos los alumnos de la escuela pública) a no subrayar ni anotar los libros recibidos. Con lo que, supongo, tendré que hacerle a mi hija una nueva matización de mi viejo precepto: los libros pueden subrayarse¼ salvo cuando te los dé la Junta; porque, en ese caso, el objetivo no es aprender lo que dicen, sino transmitirlos intactos a los futuros usuarios. Si algo faltaba para que los jóvenes no viesen en los libros más que un objeto reverencial y más o menos inútil, eran disposiciones como ésta.

Menos mal que nos quedan los ordenadores.

J.M.B.A.
Publicado ayer en Diario de Cádiz

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