miércoles, julio 12, 2006

TERCERMUNDISTAS

Creo que el español es el único idioma en el que el adjetivo “tercermundista” tiene un valor peyorativo y se aplica libremente a cuestiones internas. Lo que, seguramente, tiene su explicación. Hemos sido “tercermundistas” hasta hace poco. O, al menos, hemos funcionado con los recursos y esquemas de un país subdesarrollado. No hace mucho conmemorábamos el veinticinco aniversario del fraude del aceite de colza. Cómo han palidecido las fotos de ese pasado cercano, cómo transparentan la realidad de un país que, en su fibra íntima, seguía acumulando décadas de retraso con respecto a Europa. Esa evidencia crece conforme retrocedemos en el tiempo y nos vamos adentrando en un país retrospectivamente cada vez más destartalado y precario, donde la gente gastaba trajes entallados y cabían ocho en un “Seiscientos”.

Llevamos el tercermundismo a flor de piel, lo tenemos tan presente como el nuevo rico sus años de pobreza. E intuimos que todos los aditamentos que nos convierten en un país avanzado y moderno podrían fallar en el momento menos pensado, como ocurre con la luz y el agua en esas urbanizaciones-hongo que crecen en la costa. Cada paso que damos hacia la modernidad conlleva un pequeño calvario, una nueva ristra de inseguridades, un nuevo repertorio de chapuzas para ir tirando. Piensen, si no, en nuestra relación con la informática, o con cualquiera de esas novedades cotidianas que ahora nos parecen imprescindibles: cuántos sufrimientos, cuántos miedos cuando comprobamos que el aparato falla, que su correcto funcionamiento depende de arcanas manipulaciones que no sabemos hacer, y para las que tenemos que contar con la caterva de técnicos improvisados que viven de la precariedad del sistema y de nuestra ignorancia. Acudimos con el ordenador averiado a la tienda de informática surgida en donde antes había un puesto de pipas, y nos encontramos allí al mismo que atendía el puesto de pipas, ahora reconvertido en mago de la tecnología. Lo borra todo, cambia dos piezas de mecano, le da un manotazo al cacharro y, alehop, ya funciona de nuevo. Y volvemos a casa cariacontecidos, con la sensación de que nuestras expectativas están siendo defraudadas y que, en algún lugar del mundo, posiblemente en un país más frío y más limpio, las cosas deben de ser más sencillas. Que en Göteborg o en Friburgo esto no pasa.

Tenemos complejo de tercermundistas. Cuando algo falla, cuando una catástrofe (el reciente accidente del metro de Valencia, por ejemplo) nos hace perder la fe en la eficacia y seguridad de nuestros recursos, nos vemos automáticamente catapultados a ese pasado en el que llevábamos las rodillas sucias, veíamos la televisión en blanco y negro y nuestros padres nos advertían que no hablásemos de política en el cole. El país de la colza y los políticos aferrados al sillón. De ahí venimos, y ahí volvemos en nuestras peores pesadillas.

J.M.B.A.
Publicado ayer en Diario de Cádiz con el título "Tercer mundo"

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