martes, julio 11, 2006

UNA SEGUNDA VIDA (MOYANO, CALOR)

Ola de calor también en Moyano (o, mejor dicho, en el Paseo del Prado, que es donde está ahora provisionalmente ubicado el mercadillo de libros, a la espera de que terminen las obras en su emplazamiento original). Los libreros repiten los tópicos al uso en estos casos; las mujeres beben agua y se abanican. Pocos curiosos. Encuentro, en un montón de desecho, un ejemplar casi nuevo de Lolita en inglés, en una bonita edición de pastas duras, con prólogo de Martin Amis y epílogo del propio Nabokov. Me cobro la pieza y doy por buena la batida, pese al calor. Y ya voy de vuelta cuando reparo en un montoncito medio escondido tras una de las columnillas que sostienen el techo de uno de los puestos. Libros de poesía, siempre despreciados en este negocio, y puede que con razón: qué esmirriados, qué redichos en sus portaditas de cartulina mate, aristócratas venidos a menos o palurdos con pretensiones de esquisitez tipográfica y literaria. En fin.

Pero la sorpresa viene cuando ojeo el montón y encuentro que más de la mitad de los libros que contiene son de amigos míos (y, al mismo tiempo, amigos entre sí). No están dedicados, por lo que cabe descartar que sean envíos de los autores a la persona que los ha malbaratado. Posiblemente sean, quiero pensar, envíos duplicados de las editoriales a algún escritor o crítico prestigioso, de especial predicamento entre esos autores. Cuando los escritores mandamos nuestros libros a determinadas personas, contamos siempre con que pueda producirse esta duplicación, y esperamos que quien recibe los libros por partida doble sepa disponer adecuadamente del ejemplar sobrante. Regalándolo a algún amigo lector, por ejemplo; a otro autor de prestigio, pues ya se sabe que, en el Olimpo de la preeminencia literaria, los dioses se codean y cenan juntos y van a los mismos saraos. Nunca contamos con la posibilidad, en fin, de que el destinatario de esos libros redundantes decida despacharlos sin más consideraciones.

Lo que, bien mirado, no es tan malo. Repaso, un tanto melancólicamente, los libros de estos amigos míos. Empiezan, como quien dice, una nueva vida. Como esos desempleados animosos que, al día siguiente de perder el puesto de trabajo, ya están en la calle buscando otro. Bien trajeados, repeinados, sonrientes. Aunque a las pocas horas, o a los pocos días, luzcan ya manchas sospechosas en la solapa y una sombra azulada en el rostro, y empiecen a sentirse parte de la horda desahuciada a la que hasta entonces miraban por encima del hombro.

No, yo no los he rescatado. Los tengo todos. Y sería poco delicado devolverlos a sus autores y contarles los pormenores del hallazgo. Allá cada cual con su suerte.

Eso sí: disimuladamente, los pongo un poco más a la vista. Como esas prostitutas que, un poco más abajo, en los alrededores de Atocha, solicitan la atención de los clientes potenciales. A pesar del calor.

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