miércoles, agosto 16, 2006

EL INDECISO

No es fácil decidirse. Dice uno “playa” y la mente evoca de inmediato alguna tarde aislada del verano anterior en la que, con el sol ya bajo sobre el horizonte, uno no se animaba a recoger los trastos y volver a casa. El sol y el aire te habían fortalecido, el ocio y la compañía te habían infundido la certeza de haber ganado ese tiempo para una vida mejor, dos o tres baños te habían devuelto a la infancia, un bocadillo devorado con verdadero apetito (el apetito del niño que acaba de salir del agua) te había devuelto la fe en los placeres elementales, igual que la proximidad de algunos cuerpos semidesnudos (e incluso desnudos del todo) evocaba la posibilidad de un paraíso inocente, donde el cumplimiento de los deseos no fuese más que una cuestión de acortar distancias. Dice uno “playa” y eso es justo lo que quiere evocar: la idea de playa en su perfección, como suponemos que existe en el universo de las ideas, cerca de otras afines: la de verano, la de felicidad.

Pero llega la realidad y las cosas no son tan fáciles. Depende de la marea, los vientos, la hora. ¿Mañana o tarde? ¿La pleamar vigorosa o el abandono de la bajamar, cuando el agua se recluye al fondo de un declive, estancada en una calma de espejo tembloroso? ¿Días de levante, enervantes y agotadores, o días de poniente, en los que un vientecillo insidioso te pone los vellos de punta? No es fácil decidirse. Y tampoco es fácil, una vez tomada la decisión, que ésta te conduzca al destino deseado, a ese día de playa ideal al que te predisponen tus expectativas, tus recuerdos.

No, no es fácil decidirse. Y, sobre todo, no es fácil, ni prudente, exponerse al desengaño definitivo. Hemos renunciado ya a demasiadas cosas como para decir adiós también a las más elementales y simples. Antes de desesperarse (no sé, después de una tarde de levante, de una marea de algas, de una multitud ruidosa e incívica), hay que hacer memoria. Recordar que la mayoría de las cosas que apreciamos está sujeta a variación. Que todo lo que hemos elegido (si es que hay algo que, de verdad, dependa de nuestra elección) viene precedido de unas expectativas seguramente infundadas, y seguido de una decepción también falta de fundamento. Decía uno “edad adulta”, por ejemplo, y se veía conduciendo un coche con una mujer hermosa al lado, camino de las intimidades libérrimas de los adultos. Y ahora dice uno “vida adulta” y se ve levantándose todas las mañanas a toque de despertador. Decía uno “amor” y veía a Barbara Stanwyck bajando unas escaleras con una ajorca de oro en el tobillo, y uno estaba dispuesto a asesinar por ella (por la Stanwyck, no por la ajorca). Y ahora sabe uno que amor es también pagar la hipoteca, lavar los platos o discutir las vacaciones.

No es fácil decidirse, no. Playa o montaña, rubia o morena, soledad o compañía. Ojalá siempre estuvieran tan claras las disyuntivas.

J.M.B.A.
Publicado ayer en Diario de Cádiz

1 comentario:

Ramirez dijo...

¿Que pasa con nosotros los que vivimos una infancia ideal en un “huerto claro” o patio luminoso?¿Y los que dijimos “vida adulta” y nos vemos paseando con una rubia en un descapotable?¿ Y los que dijimos “amor” y nos vemos fundiendo la ajorca de Bárbara con nuestras propias manos para convertirla en una esclava con la inscripción del próximo nombre?(la ajorca, no a Bárbara)( ¿Qué pasa con los que tenemos claro que siempre playa, que siempre rubia o morena o rubia y morena, sin necesidad de elegir? (Y pagando una bajisima hipoteca) ¿Eh?
¿Tendremos que estar toda la vida esquivando las piedras de los hijoputas de los envidiosos? ¿Tendremos que estar toda la vida acojonados porque a lo peor mañana se acaba el chollo?