lunes, agosto 21, 2006

LA GUERRA DE LOS BOTONES

Hay películas que uno ha visto diez veces y olvidado otras tantas. No porque sean malas (si lo fueran, no volvería uno a verlas), sino porque la materia de la que están hechas es como ciertos alimentos: satisfacen y se digieren bien, pero, al cabo de dos horas, ni siquiera recuerda uno haber comido ese día. En cambio, hay películas que uno vio una sola vez, de niño, hace, pongamos, treinta y cinco años, y se recuerdan con una precisión y una nitidez absolutas. Volver a verlas es como explorar un ignoto rincón de nuestra memoria y tomar conciencia de que lo que allí se guardaba, sin que lo supiéramos, estaba gobernando nuestra sensibilidad y proponiendo una escala, una vara de medir, con la que contrastar otras situaciones (y no sólo películas) que pudieran tener algo que ver con la película en cuestión. Es una experiencia vertiginosa, una de las pocas que establece una continuidad clara entre el niño que fuimos y el adulto que somos, entre la edad intuitiva y receptiva y la edad analítica.

Me pasó ayer al ver La guerra de los botones (La guerre des boutons, Yves Robert, 1962): descubría con asombro que buena parte de su metraje, de su luz, de sus escenas claves, habían permanecido en mi memoria a lo largo de las más de tres décadas que deben de haber pasado desde que la vi, y que su extraño tono agridulce, sus vetas de crueldad, su curiosa manera de indagar en el origen de ciertos códigos morales de uso cotidiano y constatar su vigencia, eran parte de mi manera de entender el mundo.

La película narra el enfrentamiento entre los niños de dos pueblos vecinos: el botín de cada batalla son los botones que se le han arrancado al "enemigo". Pero lo importante de la película es cómo desgrana los conceptos de pertenencia (al grupo, a la familia, al pueblo, a la propia nación), cómo acota las distancias que nos separan y nos unen, cómo sondea el espacio, inasequible a los otros, de la soledad y el miedo. Es una película que hoy pasaría por "incorrecta": en ella, los rudos campesinos de los pueblos en cuestión confortan a los niños con aguardiente, los insultos y palabrotas que circulan tienen referentes sexistas, los animales son objeto de crueldad. Pero, por encima de esa rudeza, poco grata a los gustos remilgados de hoy, se perfila una moral que también nos parece hoy infrecuente: los contendientes aceptan unas reglas, y la posibilidad de un uso indiscriminado de la violencia, latente en muchas de las situaciones de la película, queda inhibida por la mera existencia de un código moral. Un código basto, rudimentario, abusivo incluso (y explícitamente, si no antidemocrático, sí predemocrático), pero asumido por todos como único principio que presta sentido a las acciones del grupo, y sin el cual éste quedaría disuelto y sus componentes condenados al sinsentido de ser meros objetos en manos de la escuela, de padres insensibles, de un mundo absurdo. No lo es el de La guerra de los botones, por todo lo dicho. Pero, por contraste, sí que lo parece el nuestro.

4 comentarios:

bambola apassionatta dijo...

"El pantalón se me rompió..."

Ramirez dijo...

A lo mejor hay una variante "rebelde" de las "peliculas de colegio" de las que hablabas hace poco. Esta de los botones me recuerda a "Zero en conducta", al "Napoleón" de Gance (primeras secuencias) e incluso "Los cuatrocientos golpes". Y compartiendo gusto con los franceses por los golfillos y sus gimnopedias, Y. Ozu con "He nacido pero..." ¿Y Sin-Chan?

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Perfectas las asociaciones que haces. Clarísimas me parecen la de Vigo -un referente en cualquier aproximación sincera al mundo de la infancia- y la de Truffaut (aunque la película esté estéticamente más próxima al viejo "realismo poético" que a la "nouvelle vague").

Y, sí, las películas mencionadas podrían formar el reverso, o el complemento, de ese género "escolar" del que hablábamos el otro día.

Diego de Argila dijo...

Los niños subidos a los arboles-tejados, las camas del internado-reformatorio, el tiempo malgastado en la escuela y los padres-niños. Recuerdo aquí que esta pelicula politicamente incorrecta recibió el premio Jean Vigo en 1962.
También son identificables episodios vergonzantes de la entonces aun reciente historia de Francia, como la supervivencia de los colabos y l`epuration sauvage.