viernes, agosto 11, 2006

SE RESPIRA MEJOR

Un director de cine decide hacer una película de denuncia social, cargada de mensaje y simbolismo… Pero sus jefes, los empresarios de la industria, le hacen ver que no sabe nada de eso, que ha tenido una vida acomodada y feliz, y que lo único que puede aspirar a transmitir es la suave intrascendencia que tópicamente se asocia al cine de Hollywood. El director, entonces, decide vestirse como un vagabundo y lanzarse a la carretera, para experimentar por sí mismo cómo viven los pobres. La primera parte del experimento va bien: a pocos metros de distancia le sigue una autocaravana (“un yate de tierra”) conducida por sus criados, que le sacan constantemente de apuros. Pero el azar interviene y el director experimentará en carne propia, y sin que nadie pueda ayudarlo, lo que es ser un desecho social. Y, desde esa condición, no me pregunten cómo, llega a la conclusión de que la risa, la evasión que proporciona el cine, es el único consuelo que tienen muchos desheredados. Con lo que estamos ante una flagrante contradicción: una película que muestra descarnadamente la realidad social resulta ser, al mismo tiempo, una inteligentísima apología del escapismo…

De esto trata Los viajes de Sullivan (Sullivan’s Travels, 1941), de Preston Sturges. Una película compleja, ambigua, ácida, que utiliza los mimbres de la comedia ligera para desenmascarar las contradicciones del artista hollywoodense, sondear la realidad social e indagar en el valor moral del producto cinematógrafico. Se ve con creciente asombro: la película está filmada con una lograda mezcla de desapego y emoción, cinismo y compromiso. Aúna el romanticismo de Sucedió una noche de Capra, el desgarro de La Strada de Fellini y el rigor de Las uvas de la ira de John Ford. Y lo hace al modo de los mejores: utilizando los recursos consagrados por el cine popular y comercial. Lo hizo Murnau en Amanecer, partiendo del melodrama convencional para lograr una arrebatada fantasía poética sobre la soledad y los anhelos del alma; lo hizo el propio Ford en La diligencia, esta vez utilizando los recursos del western más trillado (los indios, la caballería y un protagonista –John Wayne– que seguía los pasos de Tom Mix) para lograr una compleja metáfora de la condición humana, de la vida como viaje y de la necesidad de asumir el propio destino.


Si hubiera que sumar un tercer título a los dos anteriormente citados, sin duda elegiríamos el de Sturges. Con estas tres películas el cine se muestra en estado de gracia, en su plena madurez, respetuoso con su público natural –las masas– y, a la vez, elegantemente distante.

A quienes todavía despotrican del brillante clasicismo hollywoodense habría que encerrarlos en una celda con la pared blanca y proyectarles en ella, una y otra vez, estas tres películas. O, mejor, proyectarles todo Orson Welles, la nouvelle vague, Dogma, Buñuel, etc. (y que conste que no tengo nada contra ninguno de estos autores y movimientos). Y luego ponerles las tres películas citadas. Para que sientan cómo la pared desaparece, cómo es la vida la que irrumpe por ese costado de la celda , llenándola de luz y de aire puro. Cómo, desde ese momento, se respira mejor.

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