miércoles, agosto 30, 2006

UNITED 93

Acudo a ver Vuelo 93 (United 93, de Paul Greengrass) por motivos casi profesionales: el año pasado di una conferencia sobre el cine de catástrofes, que luego convertí en ensayo para la revista Zut, y me sentía obligado a confrontar las opiniones vertidas en ese texto con lo que, a primera vista, parecía una nueva entrega del género “catástrofes aéreas” y una oportuna piedra de toque sobre la que examinar algunas de las tesis contenidas en ese ensayo. Después de ver cómo el cine nos había familiarizado con todo tipo de desastres, podía merecer la pena ver cómo se ocupaba de una de las pocas catástrofes reales que han desbordado ampliamente todas las previsiones del género. Nos referimos, claro está, a los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Digamos ya que esa actitud distanciada por mi parte duró poco. Los preliminares de un vuelo doméstico, captados por la cámara de Greengrass con el nervio, la inmediatez y la inseguridad con que los hubiera captado un vídeoaficionado, no tardan en ponerlo a uno en contexto. La gente tiene ese aspecto limpio, decidido y mundano que todos adoptamos cuando subimos a un avión: saludos calurosos a las azafatas, preparación minuciosa de los rituales con los que pensamos distraer el tiempo de vuelo, amabilidad algo impostada, pero también tranquilizadora… Así somos cuando volamos: algo mejores de lo que solemos ser en otras circunstancias, quizá porque nos sentimos algo más desamparados que en otras circunstancias.

Más allá de este calor ambiental, nada sabemos de estas personas, no se nos da sobre ellas el tipo de información “humana” que suelen ofrecer las películas de catástrofes, no se las clasifica por arquetipos: madres, hombres de negocios decididos, tipos pusilánimes e imprevisibles… El mero hecho de que nos llame la atención esta pretensión de objetividad demuestra lo mucho que estamos maleados por los arquetipos y esquemas de Hollywood. Pero ya se sabe que la eficacia de un arquetipo queda demostrada, no sólo cuando se aplica, sino también cuando se ignora y sentimos toda la fuerza del contraste resultante.

Lo demás es historia conocida: el retraso del vuelo hace que los pasajeros logren hacerse una idea de lo que ha pasado con los otros tres aviones secuestrados y puedan plantearse siquiera la posibilidad de actuar, de modificar levemente su destino.

Y ahí es donde surgen los pocos reparos que me plantea la película. Se insiste mucho, por ejemplo, en que uno de los pasajeros era piloto, y en que, por tanto, el intento de arrebatar el avión a los secuestradores no es un acto desesperado, abocado al suicidio, sino un intento de salvación: ese piloto, eventualmente, podría haberse hecho con los mandos y logrado aterrizar (solución, por cierto, que ya habíamos visto en alguna de las entregas de la serie Aeropuerto). Pero ¿era necesario atenuar los hechos de esta manera? Quizá sí, desde un punto de vista meramente dramático: lo más insoportable de la película es que conocemos su final, que sabemos que toda esa gente (incluidos los terroristas, tan metódicos y pulcros, en su disfraz de invisibilidad) va a morir del modo más absurdo. Greengrass les hurta un rasgo heroico que quizá no todo el mundo esté dispuesto a reconocer: la posibilidad de que asumieran (y esta vez me refiero sólo a los pasajeros) su muerte como algo necesario. Frente al fanatismo suicida de los terroristas, la asunción consciente de la propia destrucción en aras de una moral, digamos, ciudadana. La moral del fanático religioso derrotada por una moral socrática y, en último término, atea (pese a los padrenuestros rezados a susurros entre los asientos).

Pero ya sé que eso es ir demasiado lejos.

1 comentario:

bambola apassionatta dijo...

Sin embargo a mi me sorprende esta "humanización", me esperaba una "beatificación" de las victimas.