miércoles, septiembre 13, 2006

LÓPEZ EN SINGAPUR

Una de las anécdotas que más se reiteran en estos primeros días de septiembre es la que refiere inesperados encuentros con conocidos en los lugares más improbables. Va uno a Singapur, pongo por caso, y en el aeropuerto, mientras hace cola para facturar las maletas, repara en una nuca que le resulta familiar. El dueño de esa nuca se vuelve, o hace un gesto inconfundible, o pronuncia unas palabras, y uno no da crédito a lo que ve u oye: ¡López en Singapur! El mismo al que dejamos sentado en una mesa de la oficina, rumiando su desidia y sus rencores. O el que procuramos evitar en la escalera, por no oírle referirnos por enésima vez sus razonadas protestas contra la comunidad de vecinos. O el que habíamos olvidado ya en esa bruma espesa en la que ocultamos lo que también deseamos olvidar de nosotros mismos: los pecadillos de juventud, las pifias del inexperto, las complicidades no buscadas. Ese López, que ahora recompone su gesto de sorpresa y lo sustituye por la más cordial de las sonrisas, mientras avanza hacia nosotros con una mano que no desea tanto estrechar la nuestra como comprobar la realidad de nuestra aparición, como el discípulo incrédulo que hundió la suya en la llaga del resucitado.

Siempre concedo crédito a estas anécdotas. Más que nada porque, aunque yo no viajo mucho, tengo también mi propio surtido de Lópeces encontrados en los lugares más inesperados, si no del mundo, sí de mi privada geografía sentimental: aquel López entrevisto en una calle de Lisboa, o el que me tropecé a la salida de Harrods, cargado de bolsas, durante un fin de semana en Londres; o aquella cariacontecida López que me presentó “a un amigo” en una concurrida cervecería madrileña y rechazó vehementemente mi invitación a que se sentaran a nuestra mesa… No sabe uno muy bien qué papel otorgarles: sin que nadie los haya llamado, irrumpen inesperadamente en lugares y momentos en los que uno desea disfrutar de su condición de viajero solitario, de cuidadano anónimo del mundo. De alguna forma, supongo, prestan consistencia a tus recuerdos, dan fe de que has estado en esos lugares. Pero, por otra parte, los contaminan con la presencia de lo cotidiano, de todo aquello que uno aspira a dejar atrás cuando hace una maleta y compra un billete.

¡López en Singapur! Aunque vaya tan disfrazado como nosotros, tan seguro de su gorra de viajero y sus pantalones de excursionista, tan ufano de haber condensado su universo material en una maleta, lo vemos y adivinamos sus indescriptibles pantalones beige, su camisa color hueso, su corbata de elefantitos, sus chistes, su aliento a café con leche. O su pijama y sus zapatillas y su bolsita de basura mal cerrada, si es ese otro López al que intentamos esquivar cuando nos lo cruzamos por la escalera. La rutina, en fin, que no abandona tan fácilmente sus presas, y nos ha seguido hasta aquí, hasta Singapur.

J.M.B.A.
Publicado ayer en Diario de Cádiz

3 comentarios:

Sexagenaro dijo...

Y que me dice usted cuando ese “López” es siempre el mismo, la misma persona.
Conozco a un poetastro canoso y canario de nacimiento, al que me he encontrado al menos cinco veces en sendos diferentes lugares a cual mas extraño incluso más que Singapur. Lo peor es que no soy el único al que esto le ocurre. Sin duda hay “Lópeces”
absolutamente ubicuos.

don nadie dijo...

El problema es que López le puede considerar a uno como otro López más.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Sin duda hay lópeces reincidentes, por lo mismo que todos somos López en determinadas circunstancias. Pero también es cierto que hay quien lo es en mayor medida que los demás, no sé si por vocación o por sentencia del azar.