viernes, septiembre 29, 2006

PINTURA

Un pie de perchero; un vídeo en el que se ve a su autor cantando, disfrazado de vaquero; unos cuadros pintados con mierda de elefante… La famosa Tate Gallery londinense ha pagado, respectivamente, 600.000, 151.000 y 880.000 euros por estas presuntas “obras de arte”. Es el propio museo el que ha revelado el dato, al parecer sin sonrojarse. Y al leerlo, no puedo dejar de pensar en algunos amigos míos pintores; ninguno de los cuales, como podrán ustedes imaginar, ha cobrado jamás una cifra así por una obra suya. No le he preguntado a ninguno qué piensa al respecto. Por experiencia sé que son gente de criterio amplio, que no se asusta de nada, y a quienes, por tanto, no creo que sorprenda que un colega suyo vaya al zoo de Londres a abastecerse de materia prima para unos cuadros que luego venderá como si fueran de Velázquez, o que otro haga pasar por arte uno de esos trastos que las personas normales arrumbamos al trastero, o un vídeo de aficionado… No, no se asustarán de nada. Pero el caso es que la mayoría de ellos conoce las técnicas de su arte y las aplica con rigor y minuciosidad para expresar sus propias preocupaciones y obsesiones; para crear eso que se llama “un mundo personal”, que para uno es el pozo de sombra azul en que se convierte un portal abierto a una calle incandescente, en verano, y para otro es la coloración inaprensible del mar; y, para un tercero, el misterio que encierran las vías muertas de una estación de provincias… Imagino el desprecio, la suficiencia, el inapelable veredicto de superioridad con que los artistas de la Tate mirarían estos cuadros íntimos, sinceros, quizá algo provincianos. Seguramente yo mismo estoy delatando mis gustos anticuados y burgueses por dejar entrever mi afición a esta clase de pintura, que es la que yo quisiera colgar de las paredes de mi casa, antes que un lienzo embarrado en caca de paquidermo. Pero así es el arte, así nos lo han dejado después del terrible siglo que acaba de terminar, y poco se puede hacer para remediarlo.

No sé si contarlo aquí; a lo mejor todavía me buscan para hacerme pagar los daños. Pero el caso es que, hace años, mientras contemplaba las obras expuestas en cierta muestra de arte contemporáneo, noté un crujido bajo mis pies. Bajé los ojos y di un salto, del susto: había pisado una de las obras expuestas, unas láminas de cemento colocadas en el suelo, sobre un lecho de arena. Afortunadamente, nadie me había visto. Salí lo más rápido que pude, sonrojándome al pasar ante el vigilante, que fumaba plácidamente en la puerta, seguro de que nadie intentaría robar ninguno de aquellos adefesios que le habían dado a custodiar.

Y lo que no me deja dormir, ahora, es la idea de que, con mi mal paso, lo mismo contribuí a revalorizar la obra expuesta, y quizá algún coleccionista la adquiriera a precio de oro. Una parte del cual, qué duda cabe, me corresponde.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

4 comentarios:

Ramirez "El antipático" dijo...

Conozco el exito de las escenas pictoricas que usted describe, yo incluiria un buen ciervo amenazado por una jauria, un tresillo, mesita baja y una libreria de imitación a caoba, con la colección de premios Nobel encuadernada en piel. Todo ello lo considero mas adecuado sin duda para la decoracion de una casa que una plasta de elefante. Pero al menos la ya anticuadisima plasta de elefante todavia es capaz de provocar unos cuantos folios de polémica, quien lo diria. Mi padre, que también era hombre de letras (era cajista de imprenta)hacia los mismos chascarrillos con la "merda d´artista" de Manzoni. Los funcionarios de la junta tenemos menos sentido del humor.

Julián dijo...

Estimado José,

Disculpe que le avise por este medio pero no encontré su mail. Simplemente quería comentarle que el escritor José Luis Piquero, a través de Poemas-del-alma.com, publicó una reseña de su última traducción de Rudyard Kipling. Puede verlo si visita en estos días la principal de Poemas del Alma y sino yendo a la sección Blog. Muchas gracias y espero que le guste.

Saludos.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Amigo Ramírez (no tan antipático: su evocación del padre cajista y "hombre de letras" me parece entrañable): hay una diferencia entre la pintura de tienda de muebles de la que usted habla y la pintura que hacen quienes todavía hacen pintura, no sé si me explico. Mi artículo no es una defensa del arte hortera, pero sí de ese cierto "valor de compañía" que debe tener todo arte (y en el que creemos incluso quienes somos funcionarios de la bendita Junta).

Y amigo Julián: gracias; haré una visita.

Breo Tosar dijo...

Buenísimo este artículo. Genial la última frase: "Pero así es el arte, así nos lo han dejado después del terrible siglo que acaba de terminar, y poco se puede hacer para remediarlo." Enhorabuena por tus reflexiones que, sin duda, comparto. Quizá es cierto aquello de T. Adorno: "Después de la II Guerra Mundial es imposible la Belleza".