sábado, octubre 21, 2006

ARRIBA, ABAJO, IZQUIERDA, DERECHA

Como en las ciudades ya no hay sitio para construir nada, y el que hay está carísimo, la gestión del suelo se ha convertido en el asunto más importante de la política local. Y como los políticos, por lo general, no son demasiado imaginativos, las dos grandes opciones que manejan para resolver el problema son éstas: edificar en altura o edificar en profundidad. Parece que han sacado las ideas de alguna de esas revistas de interiorismo en las que, para hacer habitable un cuchitril de treinta metros, aconsejan excavar el suelo y luego levantar un altillo para aprovechar el espacio ganado en vertical. De modo que la antigua diferencia entre derecha e izquierda parece haber quedado reducida a la que pueda existir entre los partidarios de construir edificios de veinte pisos donde antes sólo los había de tres, y los de horadar el suelo urbano. Lo que, bien mirado, sigue siendo una diferencia entre mentalidades de derechas y mentalidades de izquierdas. Porque los habitáculos ganados a la altura suelen destinarse a pisos y oficinas que se venden al mejor postor, mientras que el que se gana al subsuelo suele destinarse a infraestructuras y vías públicas. Con lo que tenemos, en fin, que ser de derechas, hoy, es ser defensor de los edificios de muchos pisos; y ser de izquierdas, ser partidario de los túneles y las avenidas soterradas… Yo mismo me he dejado arrastrar alguna vez por estos planteamientos. Y como quiera que mi única idea sólida sobre urbanismo es que lo último que se debe tocar de una ciudad es el perfil, soy de los que se inclinan más a aprovechar el subsuelo que a levantar una inmensa pared de ladrillos que nos impida ver el horizonte. Bueno.

Sin embargo, tampoco estoy seguro de que, para mantener más o menos intacto el perfil de una ciudad, debamos resignarnos a andar sobre tarimas o plataformas que oculten los agujeros abiertos en el suelo. Si no me gusta la idea de una ciudad colosal, cuyas alturas se pierdan en las nubes, tampoco me seduce la de una ciudad hueca como una nuez podrida, en la que las calles tengan una mera función ornamental, mientras la circulación de bienes y personas transcurre por túneles sin aceras, iluminados por luces artificiales. Es un modelo de ciudad que se parece siniestramente a las utopías futuristas que vemos en las películas de ciencia ficción.


Pero lo que más desconcertado me tiene es lo siguiente: en medio de este extraño debate urbanístico disfrazado de polémica ideológica (o al revés), ¿qué partido defiende ahora el viejo programa reformista de penalizar a los propietarios de viviendas vacías, destinadas a la especulación? ¿Quién habla de limitar el uso de los coches y estimular el del transporte público? De tanto mirar hacia arriba o hacia abajo, la mayoría de los políticos se han olvidado de lo más inmediato, de lo que pediría cualquier ciudadano con los pies en la tierra.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

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