domingo, octubre 22, 2006

EN BOCA TAPADA

Me he leído de una sentada unas cien páginas de Las plazas, la novela escrita a cuatro manos por José Miguel Desuárez y Mercedes Marcos Monfort. Mientras las leía, no podía evitar estar pendiente de encontrar algún detalle, algún rasgo, que delatase la presencia de dos voluntades creadoras diferenciadas. No hay tal. El libro combina bien varios tonos, y pasa con soltura de un estilo que podríamos llamar "elevado" -visible, por ejemplo, en ciertas descripciones- a otro más desenfadado y periodístico; pero esta dualidad, como cualquier lector más o menos avezado sabe, no tiene nada que ver con que la autoría sea doble.

Aunque tal vez sí dependa de ese hecho la sensación que asalta al lector de que ninguna de las muchas historias que se entrelazan en esta novela parece considerada desde un punto de vista unilateral: no se "despachan" las historias sin más, sino que son ponderadas y discutidas hasta situarlas en la perspectiva justa que requieren para ser contadas. Sospecha uno este diálogo, previo o simultáneo a la escritura. Y se constata que el resultado -el veredicto final, digamos, de esos debates- redunda siempre a favor de los personajes, tratados siempre con una ternura que, seguramente -digo yo- se hubiera perdido si alguna de las voluntades que rige esta novela se hubiera dejado llevar por la ironía fácil o el sarcasmo dictado por la realidad más o menos contemporánea en que se sitúa la acción.

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¿Cómo lo harían los Goncourt? Eso de tener en común hasta el Diario revela, más bien, procedimientos de taller, con un ojo siempre puesto en el comprador.

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¡Plop! Una bandada de pájaros (¿estorninos?) surge de las retamas de la medianera de la autopista al paso de mi coche. Uno de ellos, fatalmente, es golpeado por mi parabrisas. La imposibilidad de evitarlo no me exime de cierto malestar, que todavía me dura. Comprende uno a esos santones hindúes que llevan la boca tapada por una tela para no dañar a las moscas.

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