sábado, octubre 28, 2006

MUERTE ANUNCIADA

Todavía no se han apagado los ecos del caso de Ramón Sampedro, que dio pie a la oportunista y sensiblera película Mar adentro, cuando salta a la prensa la historia de otra persona que solicita el derecho a morir: la de Inmaculada Echevarría, que padece una distrofia muscular progresiva que la obliga a vivir conectada a un ventilador mecánico. No es fácil opinar sobre estos temas. Lo que sí tengo claro es que, si alguna vez se regula la eutanasia, habrá que hilar muy fino para que ese reconocimiento no termine por constituir una invitación explícita a que todos los que viven con padecimientos de esa clase abandonen el mundo; o para que no se cree un nuevo código moral que estipule que quien se convierta en una carga para la sociedad y para sí mismo habrá de dar los pasos necesarios para dejar de serlo. Las autoridades, en general, son dadas a culpabilizarnos de nuestras debilidades. En algún país europeo se ha llegado a plantear, por ejemplo, que el estado no corra con los gastos de las enfermedades derivadas del hábito de fumar, por considerar que quienes las padecen son responsables de las mismas. Por lo mismo, podría llegarse a la conclusión de que quien vive sin tener verdadera capacidad para ello, y ocasiona elevados gastos al sistema público de salud, sería mejor que muriera. Podríamos llegar a convertir la eutanasia en una cuestión de honor, por la que quienes no la solicitasen quedarían marcados, además de por su desgracia, por la desgracia añadida de haber sido cobardes a la hora de pedir la muerte.

Lo que no es óbice, en fin, para que, en determinadas circunstancias, y sin presiones ambientales de ningún tipo, determinados enfermos pudieran renunciar a esa clase de existencia artificialmente prolongada que la medicina puede ofrecerles. Y para que no existan esas presiones, quizá lo más adecuado fuera que esa clase de debate íntimo no provocara polémicas oportunistas, de ésas que proporcionan patentes de librepensamiento u ortodoxia religiosa a los partidarios o detractores de la opción planteada. La historia de Ramón Sampedro tuvo esa desafortunada consecuencia: proporcionó un nuevo motivo de disensión a quienes ya tenían opiniones contrarias sobre, pongamos, la catástrofe del Prestige, las bodas homosexuales, la guerra de Irak…

Cabe pensar que incluso quienes legítimamente hacen públicas sus circunstancias para recabar la atención de la sociedad y de las autoridades acaban contrayendo una responsabilidad seguramente excesiva. Me viene a la mente una vieja y ácida película de Frank Capra, Juan Nadie: el desgraciado que anunció que se iba a suicidar acaba suscitando tantas expectativas que, cuando sus circunstancias cambian, casi no puede desdecirse de su propósito. Por desgracia, las circunstancias de Inmaculada Echevarría no van a cambiar. Pero su muerte cuenta ya con el aplauso anticipado de muchos.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

2 comentarios:

El capador de Turleque dijo...

Además del "Juan Nadie" me viene a la memoria "El hombre que se quiso matar", relato de Fernandez Florez adaptado al cine dos veces (Al puro estilo Hawks) por Rafael Gil. La primera versión con Antonio Casal de protagonista debió estrenarse mas o menos en la misma época que "Juan Nadie" La segunda, que me gusta mas, con Tony Leblanc es de finales de los 60.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Muy oportuna la apostilla. Y estupenda la película.