miércoles, noviembre 22, 2006

MADRID, OTRA VEZ

Hay realidades que parecen estar ahí, a la espera de que alguien se las apropie. La luz otoñal de Madrid, por ejemplo, a media tarde, cuando un sol cegador, de un amarillo intenso, enfila la calle Alcalá y dificulta notablemente recorrerla en dirección ascendente, hacia el centro. Esa luz fue de Goya cuando en estos parajes había otros elementos y otras posibilidades de mirar, y ahora pertenece a Antonio López: no puede dejar uno de pensar en los cuadros de éste al contemplarla. Aunque ni siquiera te guste mucho Antonio Lópéz.

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Boda de gaditanos en Madrid. Ligero ambiente impostado de emigrés que mantienen un culto a las cosas de la tierra más atento y mejor informado que el que puedan pretender quienes nunca han salido de ella . Eso sí, sin renunciar al distanciamiento irónico que los de allá cultivamos como recurso de defensa propia; sólo que ellos no tienen ya necesidad de defenderse de nada, salvo de las trampas de la nostalgia. Con lo que el efecto es demoledor: vuelve uno reconciliado con ciertos tópicos locales (los que han propiciado esta alegría cómplice, esta difícil sensación de pertenencia), a la vez que definitivamente curado de ellos. No sé si me explico.
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Nos volvemos tan requetefinos (y tan obedientes, y tan poca cosa) en los aeropuertos, que la presencia de una desastrada pareja dispuesta a armar bronca en el avión resulta, no ya desagradable o molesta, sino extrañamente incongruente, fuera de lugar. Cuando la sobrecargo amonesta a la chica por fumar en el retrete del avión, y le entrega una advertencia escrita "del comandante", ésta la rompe en mil pedazos y entra en un estado de ansiedad que, si no alcanza cotas preocupantes, es porque el vuelo es corto. Su acompañante no dice ni hace nada: está como alelado, posiblemente drogado. La escena me deja pensativo. Quizá el único modo razonable de compartir un espacio claustrofóbico con desconocidos sea asumir un cierto grado de invisibilidad. Y quizá lo verdaderamente grave sea infringir esa norma, y no la que prohíbe fumar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

La mejor manera de disfrutar de un buen paraiso es la de perderlo.

En cuanto a los del avión, creo que seria razonable su expulsión del mismo (espada de fuego en mano) siempre que se haga en pleno vuelo.