sábado, noviembre 04, 2006

MESAS, PASILLOS

He empezado a tenerles cierto respeto a las mesas y a los pasillos. Hasta ahora, la verdad, no les había prestado la atención que merecen. Las mesas, sí, son útiles, pero pertenecen a ese limbo pretecnológico del que han surgido los objetos más obvios que nos rodean, ésos que no tienen inventor reconocido, ni nadie reivindica como origen de cambios trascendentales en los destinos de la humanidad. Una tabla y cuatro patas, vaya cosa. En cuanto a los pasillos, siempre los he tenido por el espacio más inútil de las casas. Pero la prensa viene ahora llena de acontecimientos que suceden alrededor de mesas o en pasillos, e incluso de algunos que no han llegado a suceder por no contar con la mesa adecuada o con los pasillos oportunos. Se dice, por ejemplo, que el llamado “proceso de paz” del País Vasco depende de que se constituya no sé qué “mesa” de partidos. Y se dice que tal acuerdo que parecía inalcanzable (por ejemplo, el logrado entre las principales fuerzas políticas andaluzas sobre la reforma del estatuto de autonomía) ha podido cerrarse después de muchos contactos en los pasillos. Pasillos y mesas, en fin, están usurpando el lugar de los foros donde estas cosas habrían de decidirse: los parlamentos y demás instituciones representativas. O, más bien, están poniendo de manifiesto que éstas no funcionan como debieran. Que el parlamento no es un lugar donde la gente exponga sus propias razones y atienda a las del adversario, sino un teatro en el que se representa un texto previamente escrito. Y es en esas “mesas” y pasillos que tanto dan que hablar donde se afina y se retoca ese texto.

Y no es que tenga uno nada que oponer a que se hable en esos sitios extraoficiales. Lo que sí resulta curioso, y vagamente decepcionante para quien ha votado de buena fe a sus representantes políticos, es que la primera condición que se exige para llegar a un acuerdo en estos ámbitos sea la discreción. Que no trasciendan los detalles de las discusiones, los órdagos de última hora que fuerzan repentinos cambios de opinión, las encerronas, las concesiones, los favores con los que unos compensan a los otros por haber cedido en sus posiciones. La capacidad para negociar es una virtud democrática, quién lo duda. Pero también lo es la transparencia. Y uno tiene a veces la sensación de que en esas mesas falta una buena lámpara, o de que esos pasillos de la política no sólo están mal iluminados, sino a veces incluso poco ventilados.

¿En qué mesa, en fin, o en qué ignoto pasillo cambió el Partido Popular de opinión respecto a la inclusión del término “realidad nacional” en el nuevo estatuto andaluz, después de haberse opuesto al mismo durante casi dos años? Si alguna vez visito el Congreso de los Diputados, pediré al guía que no me haga pasar por ese corredor ni sentarme en esa mesa. Hay demasiadas cosas de las que no quiero desdecirme todavía.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

1 comentario:

E. G-Máiquez dijo...

Estupendo artículo, que pone el dedo (delicadamente) en una de las llagas supurantes de nuestra práctica democrática. Gracias.