sábado, diciembre 02, 2006

ABUELOS

“Ése no tiene abuela”, suele decirse de quien se alaba a sí mismo. De esta clase de orfandad figurada casi nadie se libra: quién no se ha visto en la necesidad de defender sus méritos frente a la indiferencia o el desinterés de los extraños. Es un principio de supervivencia: saber venderse; y a él recurre desde quien prepara su currículum para solicitar un modesto empleo hasta quien aspira a ocupar un alto cargo político. Y es en este último gremio, quizá, donde la falta de abuela de sus miembros se hace más patente. Y es que ni la más complaciente llegaría a pensar, al ver la cara de su nieto en un cartel, que éste pudiera ser capaz, como afirma, de obrar milagros: acabar con el desempleo, proteger a los desfavorecidos, poner de acuerdo a los enfrentados por conflictos seculares…

Pero da la casualidad de que los políticos sí tienen, o han tenido, abuelas, como todo el mundo. Y abuelos. Eso los humaniza. Saberse nieto de alguien viene a ser la mejor manera de no ceder al espejismo de creernos únicos, hijos privilegiados de un tiempo que, por ser el que conocemos, nos parece el mejor posible. El que nuestros abuelos conocieran guerras, penurias y limitaciones constituye nuestra mejor salvaguarda contra el olvido o la indiferencia hacia quienes ahora padecen circunstancias parecidas. Saber que un abuelo nuestro emigró a Venezuela escondido en la bodega de un mercante, pongo por caso, nos proporciona un parentesco palpable con quienes hoy cruzan nuestras fronteras ocultos en los bajos de un camión, seguramente urgidos por los mismos motivos. En un plano más metafísico, agrada saber que contamos con una especie de reencarnación retrospectiva, con un representante en el pasado, un avatar en blanco y negro, un ego en traje de época. Podemos ponernos en su lugar, fantasear con la posibilidad de vernos ante los mismos dilemas, pensar incluso que la Historia, o al menos la modesta historia familiar, pudiera haber sido distinta si hubiésemos tomado otras decisiones.

Pero tampoco conviene abusar. También los políticos tienen sus abuelos, decíamos. En algún caso, lo preocupante es el hecho de que estos abuelos fuesen ya parte de las clases dirigentes de hace setenta u ochenta años: indica que pocas cosas han cambiado en este país, que determinadas familias nunca han dejado de detentar el poder u ocupar posiciones de privilegio. Más inocente resulta, en fin, el hecho de que los nietos pretendan atribuirse los méritos morales o cívicos del abuelo: nuestro presidente del gobierno, por ejemplo, se enorgullece de tener un abuelo fusilado por los “nacionales”, y el líder de la oposición parece que está dispuesto a arrogarse los dividendos de haber tenido un abuelo autonomista… Bueno. A falta de abuela, tienen abuelo. Unos abuelos que, no hartos de pelear en las batallitas del pasado, siguen todavía haciéndolo en las de hoy.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz.

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