domingo, diciembre 17, 2006

BABAS

Quizá hayan visto ustedes el anuncio de esa crema facial hecha con babas de caracol. No hay de qué extrañarse: los productos de belleza suelen apelar a esa especie de fe ancestral, instintiva, que nos lleva a creer que, en contacto con los principios primordiales de nuestra composición orgánica, nuestro cuerpo tomará de ellos lo que necesita para su reconstitución y mejora. Estamos hechos de barro, parece recordarnos la publicidad, y sólo en contacto con ese barro originario lograremos recuperar nuestra prestancia ideal, la plenitud a que aspiramos, nuestra potencial belleza. Y si hay quien aplica directamente barro a su piel envejecida, en la esperanza de que los jugos de la tierra lograrán vivificarla, otros intuyen que esos poderes revitalizantes son más activos en las sustancias extraídas directamente de los seres vivos: de las plantas (la avena y el aloe, por ejemplo), de los animales (Cleopatra se bañaba en leche de burra) o de nuestra propia especie (muchas cremas faciales están hechas de placenta humana).

Así que no debe extrañarnos que, para satisfacer ese deseo humano de inmersión en lo viscoso y nutritivo, a alguien se le haya ocurrido ofrecer un producto elaborado con babas de caracol. Con ellas, afirma la publicidad, este animal nutre y regenera su concha. La afirmación parece incontestable. Hasta que caemos en la cuenta de que las babosas, como su nombre indica, segregan tantas babas como el caracol sin, aparentemente, sacar ningún partido de ellas. En alguna parte he leído que las propiedades organolépticas de las babosas (es decir, su consistencia y su sabor) son idénticas a las de sus parientes con concha. De lo que podemos deducir que, si nadie hasta ahora ha sido capaz de comerse un plato de babosas estofadas, eso se debe únicamente a que éstas no poseen el único atributo que distingue al caracol de los otros invertebrados terrestres: la presencia de una concha higiénica y protectora, que presta al cuerpecillo de su inquilino un cierto aspecto de apetitoso fruto envuelto en su cáscara; del mismo modo, en fin, que el mar, en su condición de sopa primordial, otorga una especie de bula para que consideremos alimenticios, y hasta exquisitos, toda una serie de monstruos que, si habitasen la tierra, nos resultarían tan repugnantes como los ciempiés o las arañas.

De modo que la apelación a la concha, por arbitraria que parezca, resulta aquí fundamental. E incluso puede que tenga un valor psicológico añadido: si quiere usted segregar su propio caparazón protector –parece decirnos la publicidad–, cúbrase de estas babas benéficas, y verá cómo los golpes de la vida rebotan contra su coraza. Úntese de babas de caracol y ya verá cómo nadie sospecha la existencia de una criatura blanda y viscosa debajo de su concha. Sáquela a pasear. No asome más que los cuernos (con perdón). Y a vivir, que son dos días.


Publicado el martes pasado en Diario de Cádiz

2 comentarios:

Bea,... la fea? dijo...

Pues no sabes lo mejor. Según dice Pablo Motos en su estupendo programa de radio: "No somos nadie", para que tenga efecto la baba de caracol, ésta no puede ser de cualquier caracol, no hijo no, debe ser de un caracol estresado!!
Un beso

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Lo que no quiero imaginar es qué método emplearán para estresar a los caracoles.