sábado, diciembre 23, 2006

CURSIS

En el comunicado en el que anuncia la suspensión de sus operaciones, la compañía aérea “económica” Air Madrid dice haberse visto forzada a ello por la campaña adversa de la que ha sido objeto por parte de las autoridades. Éstas, dice, han llegado a fijar carteles en los mostradores de la propia compañía para advertir a los pasajeros de las consecuencias de volar en la misma. Se da la circunstancia de que los usuarios de ésta son, en su mayor parte, inmigrantes con pocos recursos, que, si se arriegan a volar con una compañía tan poco solvente, es por la baratura de sus tarifas y porque ésta es la única que, en estas fechas, aún tiene (o tenía) plazas libres para los destinos demandados por esta clientela: Hispanoamérica y Rumanía, sobre todo. Es muy probable que estos pasajeros no encuentren ahora otro medio de viajar a sus países de origen. Con lo que puede decirse que, más que prestarles un servicio, lo que el gobierno ha hecho es jugarles una mala pasada.

Y es que, supone uno, lo propio de los gobiernos es tomar decisiones, y no sermonear o dar consejos. ¿Qué Air Madrid es un timo? Ciérrenla. Pero no hagan recaer sobre los ciudadanos la incertidumbre de que una compañía legalmente constituida va a dejarles en la estacada con el conocimiento previo de las mismas autoridades que andan diciendo: Ojo con lo que hace usted.

Lo que me lleva a pensar en las hamburguesas, y en el tabaco, y en tantas otras cosas que han sido objeto de la atención gubernamental en los últimos meses. Y a sospechar si, detrás de este modo de gobernar, aparentemente tan progresista (nada más “progresista” que este afán por encauzar la opinión hacia lo “correcto”, lo sano, lo seguro), no habrá sino lo que siempre hemos llamado “cursilería”: esa clase de prejuicios consistente en juzgar la realidad de los demás según los esquemas particulares por los que se rige la propia.

La cursilería, además de ridícula, suele ser insolidaria. El cursi mira siempre por encima del hombro. Y algo de eso hay, en fin, en casos como éste: una insoportable mirada de superioridad sobre quienes hacen cola ante los mostradores de una compañía desastrosa, pero barata; un gesto de conmiseración que no se traduce en medidas efectivas para evitar lo que se critica. Pasa con esto, decíamos, lo que con las hamburguesas “extragrandes”: la ministra del ramo no se atreve a prohibirlas, pero sí se permite sermonear a la ciudadanía sobre la conveniencia de una dieta sana, los peligros a los que se ve expuesta la juventud por la publicidad de esos productos, etc.

Sermones y advertencias. Ya que nos tratan como niños, siente uno un irreflenable deseo de portarse como tal y hacer justo aquello contra lo que le previenen: comerse una hamburguesa descomunal, por ejemplo, a bordo de uno de esos aviones de tercera que, seguro, llevan dentro más vida que cualquier consejo de ministros.


Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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