domingo, diciembre 10, 2006

EMPIEZA UNO A DECIR...

A estas alturas del año empieza uno a decir: “Las compras. Hay que ir pensando en las compras”. No es que tenga uno nada que comprar. La despensa está bien surtida, hay mantas en el armario, el abrigo del año pasado nos sigue quedando bien. Incluso las botas, con una mano de betún, podrán aguantar otra temporada. En las estanterías hay suficientes libros sin leer como para estar dos años sin pisar una librería. Lo mismo les ocurre, suponemos, a la mayoría de nuestros conocidos. Todos ellos viven en esa especie de precariedad bien abastecida de la que goza la clase media en los países más o menos ricos: mientras dure el empleo, mientras haya crédito, mientras ninguna catástrofe nos alcance, las necesidades básicas pueden darse por cubiertas. Y, sin embargo, la idea insidiosa empieza a rondarnos la cabeza: “Hay que ir pensando en las compras”. ¿Qué compras? Repasa uno la lista de sus compromisos. No necesitan nada. O lo que necesitan, como nosotros, es algo que no les podemos dar. No podemos dar cordura al neurótico, ni plenitud al insatisfecho, ni emociones al aburrido. No podemos redimir a nadie del peso de sus obligaciones, de las rutinas domésticas, de los madrugones. Pensamos también, un tanto a regañadientes, en lo que podemos esperar nosotros: tampoco nadie nos va a cambiar la vida.

¿Qué es, por tanto, eso que tanto nos urge ir a buscar en los comercios, en las calles atestadas, en los claustrofóbicos grandes almacenes? “Hay que ir pensando en las compras”, le digo a mi mujer. Y ella ya sabe que lo que quiero decir es: “Hay que ir haciéndolas ya para que, cuando llegue el momento de hacerlas, podamos fingir que eso no va con nosotros, que no nos preocupa, que podemos dedicar las tardes a ver películas o a escuchar a Schubert o a contarnos mutuamente los dedos de los pies bajo una manta, mientras nuestros conocidos y parientes buscan afanosamente la corbata más fea que se haya tejido nunca, el disco más ramplón jamás grabado, alguno de esos best-sellers que ofenden la inteligencia o un aparatejo electrónico que hunda en la desesperación y la impotencia a cualquiera de las muchas almas negadas para la tecnología que andan por ahí…” Eso es justo lo que quiero decir. Se las promete uno felices. Saldrá uno a pasear una o dos tardes por calles todavía relativamente tranquilas; preguntará y comparará precios, como quieren las organizaciones de consumidores; acertará a elegir regalos originales y delicados y desembolsará su precio con el corazón alegre y ecuánime…

Pero no. Como todos los años, la indecisión y la pereza podrán con nuestras buenas intenciones, el peso de los tópicos nos abrumará, los gastos sobrepasarán nuestras previsiones. Y apuntaremos, para la lista de buenos propósitos del año entrante, el de adelantar, esta vez sí, las compras navideñas. O renunciar definitivamente a ellas. Como decimos siempre.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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