lunes, diciembre 18, 2006

ENFERMERAS

Un amigo me comenta lo mucho que le gustan los artículos de J. M. en El País. Le digo que este columnista habla demasiado de sí mismo, y que rara vez logra trascender la anécdota -casi siempre, sus conflictos con la administración, con el mundillo literario, etc.- para alcanzar la categoría. No lo convenzo. A él le gusta ese yoísmo obsesivo: lo confunde, me temo, con esas necesarias cuñas de subjetividad que, desde Montaigne, distinguen la escritura personal del mero discurso doctrinario. Allá cada cual con sus gustos y, sobre todo, con el uso que haga de ellos: yo, por ejemplo, nunca leo los libros de los escritores que me decepcionan o me aburren en las distancias cortas. No sé si mi amigo lee los libros de J.M. Me da la impresión de que tampoco. Y es que los articulistas, cuando gustan, también proporcionan una excelente coartada para no ir más allá: muchos lectores se conforman con haberles cogido el aire, los modales de la prosa, los tics característicos. Pasa como con ciertos dulces: un bocado resulta delicioso; pero la sola idea de devorar media docena constituye una verdadera pesadilla.

***

¿Por qué será que todas las enfermeras de dentistas parecen enamoradas de sus jefes?

***

Y esta impresión, producto de la anestesia, de llevar una cara prestada.

4 comentarios:

isidro parodi dijo...

J. M. :

Y encima es del Real Madrid!!!

Jajaja...

Jesús Sanz Rioja dijo...

No consigo identificar a JM, porque no sigo el diario independiente de la mañana. El caso es que muchos columnistas llevan años escribiendo el mismo artículo.

carlos rm dijo...

Hace unos días me cuestionaba en mi blog si hay elementos objetivos para valorar la calidad de la literatura y, al fin, por qué nos gustan unos libros y unos escritores y no otros. Y citaba precisamente a J.M., a quien leí con verdadero entusiasmo hasta que me cansé (o me cansó, quién sabe). Y ahora leyendo esta entrada tuya tengo la impresión de que sus novelas (no sus artículos, que no he seguido) fueron como una tarta que acabó hartándome. De modo que añado las dosis como un elemento más para explicar qué es bueno y por qué.

Las dos impresiones postodontológicas son geniales.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

El hartazgo, claro, influye lo suyo en la decantación final de nuestros gustos. Lo que sí está claro es que nos hartamos antes de unos que de otros: de Borges, por ejemplo, antes que de Baroja; de Valle-Inclán muy pronto: de Javier Marías, antes que de Trapiello, etc. Supongo que de los libros hechos a base de literatura nos hartamos antes que de los hechos a base de vida. Pero tampoco es fácil delimitar o distinguir ambas categorías.