domingo, diciembre 31, 2006

LECTURAS VACACIONALES

No planifico mis lecturas de vacaciones: me vienen impuestas por un cúmulo de aplazamientos que, al modo de los fluidos que llenan una cavidad vacía, ocupan con su empuje esta tranquila sucesión de tardes desocupadas que, atendidos los compromisos familiares, las compras ineludibles y las actividades propiamente "vacacionales", constituyen el único espacio de tiempo que de verdad puedo considerar mío.

Las de estas navidades: el Valentín de Gil-Albert, en una muy defectuosa edición de Akal; la jugosa antología poética de ese mismo autor que ha seleccionado y prologado José Mateos para Renacimiento; El mito de Doñana, de Aquilino Duque, en la reciente reedición que ha publicado la Fundación Lara; una amplia y bien documentada antología de cuentos "góticos" que encontré hace poco en un mercadillo... Quisiera uno encontrar el mínimo común denominador de estas lecturas, unidas por el azar y la oportunidad. Posiblemente no lo hay. Más sugerentes son las concomitancias que se crean entre los libros y las circunstancias particulares de quien los lee: algunos poemas de Gil-Albert, por ejemplo, y el tono general del ensayo de Aquilino Duque casan bien con la clase de cosas que me distraen en mis paseos matinales por los alrededores de Benaocaz; el silencio y la oscuridad cerrada del invierno en estos pagos se alía bien con la atmósfera truculenta de los cuentos "góticos"; que, a su vez, proporcionan al entorno familiar y acogedor en que los leo un certero contrapunto irónico, más eficaz e infinitamente más interesante que el que depara, por ejemplo, la ruidosa y chabacana programación televisiva. Valentín, en cambio, ofrece esa clase de materiales prestigiosos que tantas veces constituyen la dieta básica del lector más o menos avezado, pero que, en determinadas ocasiones, empalagan o empachan. Decididamente no me interesa -esta vez- esta elevada parábola de amores homosexuales, disfrazada de pastiche shakespeariano. Porque lo que uno busca en los libros, cada vez más, es una amplificación de la vida, un poco de aire que la oree, algo de luz prestada que la ilumine; y no su reducción a fórmulas librescas, a frases sentenciosas, a meros decorados.

Claro que quizá mi opinión fuera distinta si leyera estos libros en otro momento, en otras circunstancias. O no, quién sabe. En la apreciación literaria no cuentan en absoluto las pretensiones de objetividad. Leemos y juzgamos desde la subjetividad más impredecible. Y, sin embargo, ésa es la única vara de medir de la que podemos fiarnos; la única con la que, honradamente, podemos recomendar determinados libros a otros lectores.

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