domingo, diciembre 10, 2006

NEURASTENIAS

Posiblemente las únicas distancias que de verdad merezca la pena recorrer son las que se pueden cubrir en una mañana de marcha, a pie. Solo o en compañía, depende. A ser posible, en un día soleado de invierno. Y sin que nada te reclame en el lugar de destino. Son los únicos viajes dignos de tenerse en cuenta. Los otros no son más que... simples traslaciones de lugar.

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Claro que las traslaciones verdaderamente inquietantes no son las de lugar, sino las de tiempo. Ese sol de invierno del que hablábamos antes, por ejemplo: te traslada sin previo aviso a una mañana en el patio de recreo de tu colegio, en tu infancia. De todos los edificios que componían (y aún componen) el conjunto, sólo el más antiguo, con sus muros de piedra, retiene y proyecta algo de esa limosna de calor. Y uno aguanta el tipo como puede, con la espalda pegada contra el muro y la certeza, ya entonces, de que ese instante era y no era de ese tiempo, y te estaba ya aguardando, treinta y tantos años después, en un claro de sol en medio de la sierra, a medio camino entre Ubrique y Benaocaz, sobre las piedras desparejas de la calzada romana que une ambos pueblos, en compañía de quien tiene la edad que tú tenías entonces, en esa mañana de repente invocada por no sabrías decir qué inflexión de la luz, qué frío interior, qué temor a que esa aprensión inoportuna te alejase para siempre de la turba que gritaba en el patio, detrás de una pelota.

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Juan Ramón Jiménez, en una carta: "Queda usted encargado de velar por esos originales (...) en el caso de que yo desapareciera mientras están en París". La neurastenia como seña de identidad. Ni mejor ni peor que otras.

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