martes, diciembre 26, 2006

POTTERSVILLE

James Stewart: posiblemente, el actor que mejor ha sabido encarnar la madurez atribulada y desbordada. Viéndolo ayer, por enésima vez, en Qué bello es vivir, me acordaba de su papel en FBI contra el imperio del crimen (FBI Story, de Mervyn Leroy, 1958): era él quien salvaba esta burda producción propagandística, gracias, sobre todo, a su interpretación de un agente del FBI que, después de años de servicio, entra en crisis al constatar que ha sacrificado a esa carrera su bienestar, su vida familiar y su seguridad y la de los suyos. No importa que las cosas se enderecen luego y las aguas vuelvan a su cauce: lo que queda en el recuerdo del espectador es ese momento en el que el hombre bueno por antonomasia que es Stewart roza la inflexión nihilista, el desánimo irreversible, la tentación de tirarlo todo por la borda.

Es lo que sucede en Qué bello es vivir: el asunto de la película no es otro que ese momento de la madurez en el que uno ha asumido tantas responsabilidades que cualquier error, por mínimo o azaroso que sea, resulta fatal: un pánico financiero, un error de contabilidad, un olvido u omisión de un subordinado, bastan para que el precario edificio en el que se asienta el bienestar y la respetabilidad de la clase media se venga abajo, con las conocidas consecuencias: ruina, disolución de los afectos, cárcel. Cierto que no a todos, llegado ese caso, se nos aparece un ángel para sacarnos del apuro. Pero la verdad es que la lección del ángel es más bien descorazonadora. Al hacer ver a George Bailey lo que la vida de los demás hubiera sido sin su presencia, no hace más que poner en evidencia una verdad aún más desoladora: que, pese a todos los esfuerzos de los George Baileys del mundo, las ciudades como Bedford Falls cada vez se parecen más a ese siniestro "Pottersville" (por Potter, el capitalista "malo" de la película) entrevisto en la pesadilla del hombre desesperado.

Llevo décadas viendo esta película, y éste es el primer año que (lo confieso, aun a riesgo de quedar como un cursi o como un blando) me hace saltar las lágrimas. Tal vez porque he alcanzado ya, con creces, esa edad delicada. Llevo ya demasiados años viviendo en Pottersville.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Desconocía que existiese una "madurez atribulada y desbordada". Para mí que el arte de ser maduro era otra cosa.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Buena observación. Puede que exista un "arte de ser maduro". Otra cosa muy distinta es que las personas maduras lo apliquen a sus vidas, o puedan hacerlo antes de verse desbordadas por las circunstancias, como le pasa al pobre George Bailey.

Mariana dijo...

Preciosa entrada. Siempre que he visto la película de Capra me ha dejado un gusto muy amargo.