sábado, diciembre 30, 2006

SUCEDÁNEOS

Posiblemente no sean éstas las primeras navidades globalizadas que vivimos, pero quizá sí las primeras en las que la suma de adulteraciones y sucedáneos de diverso origen ha llegado a ser abrumadora. La anchoa ya no viene del Cantábrico, sino de las gélidas aguas australes, y dicen que no sabe igual. Tampoco sabe igual, según los franceses, el foie-gras extremeño, y ello no porque los fundamentos biológicos del producto sean distintos (una oca es una oca, en Badajoz y en el Armagnac), sino por cuestiones de procedimiento: para que el producto alcance su punto, dicen, es necesario maltratar a la oca, hacerla comer a la fuerza, mantenerla en la inmovilidad; y las felices ocas extremeñas, que pasean plácidamente por sus corrales y sólo comen lo que les apetece, no alcanzan ese punto de torturada exquisitez. Y hasta la sidra, ese champán de los pobres (antes, porque ahora hay espumosos a precio de gaseosa) ya no está hecha sólo de manzana asturiana, porque la sequía y las calores han hecho disminuir la cosecha y ha sido necesario importar manzanas de lugares lejanos. No hemos querido preguntar por los pavos (¿marroquíes, quizá?), ni por esos cochinillos plastificados que venden en los grandes almacenes (¿chinos? ¿tailandeses?). Los vinos, al menos, vienen garantizados por las respectivas denominaciones de origen. Pero, en este contexto, ¿quién hace ascos a un cabernet-sauvignon chileno, a un blanco de California, a un semidulce sudafricano? Nuestra comida se ha globalizado: es decir, no sabemos lo que comemos; y nuestra sociedad también: es decir, no sabemos quiénes somos. Por eso algún que otro director de colegio ha prohibido que los niños se vistan de pastorcitos: por despiste, por amnesia; o por esa misma clase de hipocresía que hace preferible una oca alimentada en pesebre a una oca cebada a mano. Y hay quien ha sugerido, para zanjar esta absurda polémica, una solución similar a las ya apuntadas respecto a los alimentos: recurrir al sucedáneo, cambiar la vieja simbología navideña por alguna pedantesca alegoría civil y “multicultural”…

Y el caso es que los sucedáneos sólo lo son para quienes se empeñan en jugar al peligroso juego de las identidades, propias o ajenas, satisfechas u ofendidas. Nada de malo hay, supongo, en comer anchoas argentinas mientras se repone el caladero cantábrico; nada de malo habrá, tampoco, en degustar el jugo fermentado de las manzanas de Bohemia, o en aderezar el foie con el benevolente pensamiento de que las ocas, al fin y al cabo, también tienen su corazoncito. Como nada de malo debe de haber, imagino, en permitir que los niños se vistan de pastorcitos y dejar que cada uno le dé al festejo el significado y la importancia que quiera. Incluyendo, en fin, la idea de que lo que celebramos con ello no es más que nuestra infancia. Tan irrecuperable, ay, como los buenos sabores de antaño.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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