jueves, enero 04, 2007

AÑO NUEVO

En realidad, lo que hacemos en la noche del 31 no es recibir el Año Nuevo, sino despedir el antiguo. Y eso incluye también las horas que siguen a las campanadas: aunque oficialmente pertenecen al año recién nacido, en la práctica no hacen más que consumar las expectativas incubadas a lo largo de las últimas semanas del que muere. Nada más cansino que los preliminares de una fiesta, ese largo periodo en el que el glotón anticipa el gozo del hartazgo, el presumido planea su vestuario, el promiscuo baraja sus posibilidades de culminar la noche con un lance erótico… Porque lo cierto es que esa primera noche del año se ciñe siempre a las pautas de un plan antiguo; de un plan que, estrictamente hablando, no obedece a los deseos e intenciones que regirán la vida nueva que nos prometemos, sino a las viejas querencias del año que damos ya por concluido. Todo es viejo en la Nochevieja; todo, estrictamente hablando, es del año anterior; y hasta la mujer que abrazamos, en caso de que la fiesta haya tomado ese derrotero, viste galas del año pasado y huele a perfume de ayer; de ese ayer que empezó con los preparativos de la fiesta, a media tarde, y que, después de las campanadas, pertenece ya a un pasado remotísimo, a ese tiempo inmemorial al que referimos los lances de las despedidas de soltero o al que apuntamos el último cigarrillo, cuando queremos dejar de fumar, o la última copa, si queremos renunciar al alcohol.

Y es que el año nuevo propiamente dicho empieza cuando vemos la luz de la mañana siguiente. Afortunados quienes se fueron a dormir a una hora más o menos prudencial: para ellos ese hondo silencio tejido con el sueño a destiempo de los muchos que anoche vociferaban, cantaban, brindaban, bailaban. Si quien madruga un domingo cualquiera tiene el privilegio de comprar los periódicos recién llegados, de encontrar el pan caliente, de no tener que hacer cola en el tenderete de los churros, quien madruga el primer día del año es como si se adelantase, por unas horas, a todos los afanes que llenarán los meses siguientes: vive una mañana que los demás se pierden, oye el primer boletín informativo del año, tiene para sí una ciudad desierta que pasear, mira con infinita piedad a los juerguistas en retirada con los que se cruza.

Y es entonces cuando uno formula, de verdad, sus buenos deseos para el año que comienza: que todo él respire esta serenidad de mañana festiva; que los ruidosos cedan por unas horas a los contemplativos el privilegio del sol primero y la calle desierta; y que los fantasmas del año anterior, si es que los hubo, sigan los pasos inseguros de estos últimos trasnochadores con los que nos cruzamos: rumbo a casa, al sueño más o menos reparador y a la promesa, dictada por la resaca, de que ésta será la última vez que intenten apurar en una sola noche cuanto les negaron las otras trescientas sesenta y cuatro.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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