jueves, enero 18, 2007

ESTRAGOS DE LA EDAD

No equivocarse nunca en cuestiones que entran en la jurisdicción del enemigo: es poner la cabeza dentro de la soga y esperar, vanamente, que el verdugo decida no accionar la palanca.

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Una mujer más joven que yo le indica a su hijo que no moleste "al muchacho" que hace cola tras ellos en un cajero automático. El muchacho soy yo. Por alguna razón demasiado fácil de explicar, en fin, me alegra que me hayan aludido de esa forma. Aun sabiendo, ay, que en Andalucía esos giros vienen dictados por la propia benevolencia del lenguaje, y no por la realidad. (Aunque la verdad es que, puestos a comparar, esa joven madre acusaba más marcadamente que yo los estragos de la edad.)

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Pese a lo afirmado ayer, no creo que Ken Park sea una película convincente. ¡Esos calzoncillos blancos con pretina, que ya no usa nadie! Y es que hay obras artísticas en las que se nota demasiado, en determinados párrafos o escenas, que quien se lo está pasando en grande, en primer término, es el autor. Y ante ese regodeo privado, da un poco de vergüenza mirar.



(¿Habré escrito yo alguna vez -en los cuentos, sobre todo- párrafos de esa naturaleza?)

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