viernes, enero 12, 2007

INVISIBLES

Creo que fue Ortega y Gasset quien dijo que, a partir de cierta edad, no es que las mujeres no te miren: es que no te ven. A ello contribuye, supongo, ese aspecto característico de percherón jubilado que adquieren muchos hombres maduros, y que parece proverbial en los casados: barriguita, calvicie incipiente o declarada, conformismo y arrugas. De lo que resulta que, en una sociedad bobamente rendida al prestigio de la juventud, una de las grandes preocupaciones del hombre maduro es disimular esas taras. A ello se une la molesta presión que, so pretexto de cuidar nuestra salud, ejercen sobre nosotros las autoridades. En eso, ningún gobernante anda lejos de las fantasías raciales que rigieron el Tercer Reich: a todos les gustaría gobernar sobre una masa de chicos y chicas altos, sanos y atléticos, aptos para ser buenos deportistas, soldados resistentes y trabajadores incansables. Pero resulta que no es ése el camino de la especie. A cierta edad, sí, un cierto número de individuos puede aspirar a la perfección preconizada por los escultores de la Grecia clásica o, más modernamente, por las revistas de moda. Pero ni siquiera ellos pueden sustraerse a los cambios que trae consigo la edad. Lo malo no es envejecer: la ancianidad lo pone a uno al margen de comparaciones y ponderaciones. Lo malo es, simplemente, madurar, perder la prestancia juvenil o adquirir ese poco envidiable don de la invisibilidad del que hablaba el filósofo. Afrontamos ese destino con resignación, o con un insensato afán de contrarrestar los efectos del tiempo a base de cosméticos, dietas y sesiones de gimnasio. Y ahora nos llega la tranquilizadora noticia de que, según un estudio realizado por unos científicos israelíes, los hombres con un ligero sobrepeso (es decir, los que ostentan esa poco decorosa barriguita que parece exclusiva de los casados) viven más que los otros; de lo que deducimos, en fin, que viven mejor; y que, por tanto, son más felices.

A buenas horas, dirán ustedes. Y es que pasa con esto lo que, cuando yo era niño, sucedía con el aceite de oliva o las sardinas: circulaba la especie de que esas cosas sólo las comíamos los pobres; que los ricos desayunaban pastelillos y cenaban siempre chuletas. Ahora se ha demostrado que lo verdaderamente sano es desayunar pan con aceite, y que nada mejor para el colesterol que una dieta en la que comparezca el humilde pescado de lomo verdoso y vientre de plata. Tal vez a los hombres con barriga les haya llegado ya, como a las sardinas y al aceite, el momento de la rehabilitación.

Lo que no dice el estudio, creo, es si, una vez recuperado el prestigio social, libres ya de todo sentido de culpa, estos hombres felices y longevos recuperarán el don de la visibilidad. Aunque quizá el secreto de esa felicidad que asociamos a una larga vida sea precisamente ése: que nadie se dé cuenta, que nadie nos vea.


Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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