domingo, enero 14, 2007

LA CABRA

En medio de la trocha, un hato de cabras. Ante nuestro avance, se van alejando prudentemente; pero con dignidad, y no como los cerdos asilvestrados que nos hemos cruzado hace poco y han huido monte arriba con un trote entre angustioso y ridículo, de peña en peña, haciendo gala de esa agilidad a destiempo que caracteriza al cobarde de raza. Las cabras no: se apartan, se confunden con el monte, se hacen invisibles; pero siguen a lo suyo. Todas, menos el gran macho cabrío que parece ostentar la máxima autoridad del hato. Que se rezaga, se vuelve a mirarnos e, inopinadamente, se alza sobre sus patas traseras para ramonear entre las ramas bajas de una encina. Todo eso, sin apartar de nosotros ese mirar miope al que tan bien sentarían unas antiparras decimonónicas, en consonancia con el hocico barbado. Es un animal imponente, con sus patas de fauno, su vientre lustroso y obsceno, su pelaje negrucio. Ahora somos nosotros los que nos detenemos, los que buscamos el modo de sortear no sólo su presencia física, sino también su ominosa simbología. Bromeamos, sí; mientras nos preguntamos, en fin, qué oponer a su tácita oferta, qué pedir a cambio del único bien que podemos dejarle en prenda.

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