domingo, enero 07, 2007

ETCÉTERA

La felicidad no existe... Restaurante La Albarizuela, de Puerto Real: la cocina, más que aceptable; el personal, atento; y el ánimo, después de días de engorro doméstico, más que predispuesto a dejarse agasajar y servir; no por golosina (impensable, después de tanto exceso navideño), sino por mero afán de abandonarse, de dejarse sorprender, tras los demasiado previsibles rituales impuestos por la fecha. Pero uno no aprende. Primer error: tomar una copa de aperitivo, "mientras pedimos". Hora y cuarto después, cuando los comensales estamos al borde de la desesperación, llega el primer plato. Devoramos, más que comemos. Van llegando los otros platos, hasta sumar lo siete que componen el menú-degustación. Con el quinto, justo cuando es de suponer que la capacidad crítica de los comensales comienza a decaer, empiezan los problemas. El "cerdo al estilo asiático (¿?) con gnocchi" no lleva gnocchi. Se lo decimos a la camarera, quien, a su vez, consulta a la maître. Media hora después, ésta nos explica que el guiso, efectivamente, lleva gnocchi, sólo que a nuestro plato no le ha correspondido ninguno. Aceptada la explicación, que concuerda con la idea del destino que tiene uno, surgen nuevos inconvenientes: el guiso de rape con pimientos y garbanzos no sólo no tenía pimientos ni garbanzos; es que ni siquiera era rape. Preguntamos amablemente a la camarera; quien, a su vez, nos remite a la maître. Explicación: el guiso se había acabado, así que lo que nos han servido es... merluza en salsa verde. Como quiera que, entre dimes y diretes, el plato se ha quedado frío, ordenamos que lo retiren y nos sirvan el postre. Postre y copa transcurren entre sonrisas y disculpas, lo que nos desanima de pedir el libro de reclamaciones. Sale uno con la sensación de haber sido, si no estafado (ni las circunstancias ni el precio invitan a sacar conclusiones abusivas), sí... toreado, tenido en poco; o, como dicen en México y cada vez repiten más nuestros pintorescos políticos, ninguneado. Juramos no volver más. Y, a la vez, buscamos eximentes y excusas para salvar la dignidad herida. Lástima no tener la insolencia del rico y del hombre de mundo. Lástima no ser inmune a la sonrisa cariacontecida de la camarera (larguirucha, tierna, y con nombre de diosa nórdica). Lástima ser lo que se es. Etcétera.

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