lunes, enero 29, 2007

LLUVIA

Ella, la enferma, lee una novela de Ken Follett; él, el acompañante, un libro de Anagrama, no consigo ver cuál. Saber que las personas con las que hemos de compartir unas horas en la habitación del hospital tienen el civilizado hábito de la lectura me tranquiliza un poco. Sólo un poco. Esta noche, cuando saque el libro con el que ando distrayendo estos ratos, supongo que emitiré una señal tranquilizadora del mismo signo. O no, quién sabe. Con los libros pasa lo que con las personas: basta un cruce de miradas para sellar simpatías o antipatías viscerales.

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Pero aquí lo importante es organizarse. Cuestiones de intendencia, sobre todo. Al anochecer, coincide uno con un verdadero ejército de hombres y mujeres silenciosos que, de uno en uno, acuden a las habitaciones donde han dejado a sus respectivos enfermos. Todos llevan la bolsita de plástico con el bocadillo, el botellín de agua o la lata de refresco, la manta de viaje (a cuadros, cómo no) y el cojín; muchos, la mayoría, en chándal, otros sin abandonar el decoro de la ropa de calle. En la cara, ese extraño gesto hosco de quien cumple un deber inexcusable que implica, si es necesario, una enconada defensa del territorio propio y alguna posible operación preventiva sobre el ajeno, ya sea para arrebatar una butaca desocupada o, si es necesario, imponer un poco de silencio en las posiciones adyacentes. Y aunque todo el mundo exhibe el mínimo de civilidad precisa, y hasta un cierto repertorio de deferencias solidarias, te preguntas qué pasaría si, de pronto, la megafonía del hospital anunciara que sólo queda una ración de comida, o una última dosis de medicamento, o unas gotas de desinfectante.

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La lluvia no siempre causa ese deseable efecto purificador que le atribuimos. A veces es más bien todo lo contrario: la sensación de que te despinta las ideas negras, y éstas te resbalan por la cara, dejándotela llena de churretes.

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