lunes, enero 15, 2007

LOS NOMBRES DE LOS PÁJAROS












"Sólo sabe ver la naturaleza quien conoce por sus nombres a las flores y a los pájaros y sabe dónde y cuándo encontrarlos y por qué están en tal lugar en tal época del año", asevera Aquilino Duque en El mito de Doñana. De ahí la superioridad, sobre el terreno, del hombre de campo sobre el de ciudad: para el primero, cada rumor, cada agitación de la espesura, cada huella, cada matiz del verdor es un elemento reconocible que aporta su significación al sentido del conjunto; para el otro, en cambio, el conjunto apenas tiene sentido, o éste se reduce, en el mejor de los casos, a la impresión abrumadora que causa en los espíritus sensibles; y, en el peor, a la penosa sensación de opacidad y monotonía que deja en los más obtusos. Los lugares comunes en que incurren unos y otros son, lógicamente, de distinto signo, aunque igualmente previsibles y vacuos: los primeros, los abrumados, los ebrios de sentimentalismo, incurren inevitablemente en la cursilería; los otros, en la brutalidad. Quizá el ecologista moderno (que no existía cuando se escribió este libro, a principios de los setenta) responde al primer modelo (aunque su cursilería sea del tipo, digamos, militante), mientras que el especulador inmobiliario es un buen ejemplo del segundo.

Lo que no abunda es la ecuanimidad bien informada desde la que están escritas estas páginas; y ello porque, como explica su autor, el amor a la naturaleza sólo tiene sentido en un contexto en el que la condición sagrada de la misma (entendiendo por ello algo que va más allá del mero sentimiento religioso) no haya sido puesta en entredicho.


Cuando se escribió este libro, eran muchos los que preconizaban la destrucción de Doñana en nombre del progreso. Hoy esas voces no suenan tan alto, pero su efecto insidioso se sigue haciendo notar. Aquilino Duque tuvo la valentía de sacar a relucir, en aquella época de cambios, uno de los asuntos cruciales sobre los que se probaría el temple de la nueva ciudadanía que prometían los tiempos. El autor no se llamaba a engaño sobre lo que esperaba de esa ciudadanía. El tiempo no ha confirmado del todo sus peores presagios, pero tampoco los ha disipado. Lo que quiere decir que el libro mantiene su vigencia y su valor polémico. En su día conoció una edición semiclandestina y muy escasa repercusión. Que hace apenas un par de años lo "rescatase" la Fundación Lara no significa que las condiciones de recepción sean ahora más propicias, sino que ha entrado en esa vía muerta en la que los libros pasan a ser tan sólo bellos testimonios, pasto de eruditos, piezas de museo. Cuando lo cierto es que éste en concreto deberían ponérselo en las manos, no sólo a quienes visitan Doñana, sino a todos los que se dicen preocupados por la suerte de nuestro entorno natural. Empezando por los ecologistas y terminando, en fin, (y aquí me incluyo) por el último turista despistado que se emociona ante la naturaleza y se pregunta por los nombres de esos pájaros y esas flores que no acaba de ver, por no saber nombrarlos.

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