miércoles, enero 17, 2007

PORNOGRAFÍA

La obsesión de John Cheever por el triunfo literario: repetidamente, declara soñar con tal o cual premio, con tales o cuales honores y agasajos. Es una opción, claro. No menos fantasiosa que la opuesta: el fracaso como triunfo moral, la mística de la bohemia y la marginalidad, etc. Está, por último, la tercera vía: la idea, igualmente fantasiosa, de que el trabajo literario se puede encarar como una tarea burocrática rutinaria. Sentarse diariamente ante el ordenador, de ocho a tres. Cobrar a fin de mes. Llevar los textos al editor como quien entrega un informe en la copistería. Esta última actitud, de entrada, parece la menos dañina. Pero no la más fácil.

***

Sí, Ken Park encaja en la definición habitual de pornografía. Pero esta película de Larry Clark es también la demostración de un par de cosas que los detractores de la pornografía no siempre sospechan: primero, que, en determinadas ocasiones, ésta no es más que la expresión desaforada de un tipo de ternura frecuentemente inexpresable por otros medios; y, segundo, que el detallismo de la pornografía no es el de la vida real, sino el de lo soñado; y que cuanto en ella ocurre, por tanto, ha de situarse en el plano de lo imaginario. Es la única interpretación posible para la escena final: que esos tres adolescentes, tan torpes e inexpresivos, acierten a montar una hermosa coreografía sexual, sin ansiedades ni violencias, sólo se explica si situamos lo que está ocurriendo en el terreno de los anhelos, y no en el de la realidad.

***

La belleza como muestra de indefensión: de poseer un don que no es de este mundo, y que en este mundo sólo puede malograrse, estropearse.

1 comentario:

Antonio Jiménez Morato dijo...

Yo creo que Cheever es sincero, todos en el fondo logran con ese reconocimiento, incluso un fontanero en un momento dado, el problema surge cuando ese reconocimiento es la única meta, y así le luce el pelo al panorama "literario" de este país.