domingo, febrero 04, 2007

FIESTA

Esas fiestas que prenden como un reguero de pólvora, que de pronto te arrastran a una casa desconocida que, inesperadamente, se revela como el lugar más acogedor del mundo, entre extraños que optan, ese día, por esa forma extrema de sociabilidad que no excluye a nadie, que a todo el mundo otorga su minuto de atención, su copa llena, la cortesía inútil de intercambiar nombres que de inmediato se olvidan. Comida y bebida abundantes, músicos que improvisan su propia celebración, más intensa y concentrada, en medio de la general, e irradian sobre ella como un sobrante de alegría que hace bailar sensualmente a las hembras e incita a los hombres a hacer desplantes aflamencados o a arrancarse un cantecito. Y la casa: pródiga en rincones, en terrazas, en escondrijos, con su fiesta particular en la cocina, para los íntimos, las colas de rigor ante los cuartos de baño, su extraña sonoridad de espacio invadido... Hasta que llega el momento de despedirse, se formulan votos más o menos sinceros de volver a encontrarnos todos en otra circunstancia similar, empieza a constatarse la devastación que se va apropiando de los espacios conforme cesan las risas y las canciones y quedan sobre las mesas los vasos medio vacíos, las bandejas con restos de comida... El silencio es ahora una disonancia. Imagina uno a los anfitriones, intentando recuperar la sensación de privacidad, adaptar los oídos al silencio, recuperar el orden perturbado. Los imagina uno recorriendo todos y cada uno de los rincones donde hubo un corrillo, apagando los rescoldos de las conversaciones, barriendo los cristales rotos de las risas, espantando los espectros de los malentendidos y suspicacias. Mientras la concurrencia se dispersa por las calles: parejas silenciosas, cenicientas descalzas, sátiros frustrados. El guitarrista es ahora un gángster con la ametralladora enfundada. Todo el mundo abandona el lugar del crimen.

Y esta sensación de ligereza, como quien llevaba mucha calderilla en el bolsillo y la ha gastado toda en chucherías. (Mañana nos dolerá el estómago, ese trasunto del alma.)

3 comentarios:

JLP dijo...

¡Ay, esas colas en el cuarto de baño! ¿Por qué serían?
Saludos.
JLP

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Qué malpensado. Te aseguro que el sitio más solicitado era la cocina.

Anónimo dijo...

"la cortesía inútil de intercambiar nombres que de inmediato se olvidan."

"su fiesta particular en la cocina"

"apagando los rescoldos de las conversaciones, barriendo los cristales rotos de las risas,"

Genial, de verdad