jueves, febrero 08, 2007

PLOF

A veces, la sospecha apremiante de que, detrás del ruido que hacemos con nuestras opiniones, nuestros deseos, nuestras aspiraciones, etc., no hay una verdadera vida interior que sustente todas esas cosas. Y, así, opinamos por tal de no estar callados, deseamos por tal de tener ocupada en algo la voluntad, tenemos aspiraciones para fingir que vamos hacia alguna parte. Y cuando todo ese inmenso globo de viento roza una espina, ¡plof!, estalla y dentro no había nada.

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Menos mal que los hay más viejos que yo, me digo al verme en una antología de poetas jóvenes, en compañía de chicos que, en algún caso, acaban de dejar el instituto. Algunos, por cierto, muy buenos (es el caso del todavía veinteañero Adrián González da Costa, onubense, que tiene un poema en el que habla de ese desconcierto cotidiano que nos asalta, por ejemplo, en una frutería, cuando nos dan a elegir entre dos variedades de la misma fruta y la indecisión -o la indiferencia, o la falta de criterio, o la imprevisión, etc.- nos depara una amarga lección sobre quiénes somos, o sobre el desconocimiento de lo que somos, o sobre la mera falta de reflejos, tan significativa a veces).

Entre los que me sobrepasan en edad, por cierto, dos mujeres. Que ni siquiera mencionan la suya. Pero todo se sabe.

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Nunca llueve cuando uno lleva paraguas. Siempre llueve, en cambio, cuando hay personas queridas en el exterior, y a uno se le crea el cargo de conciencia de ir a buscarlas. O cuando el ánimo reclama sol. O cuando lo último que uno desea es brindarles excusas a quienes, de todos modos, no vendrán... La lluvia, tan oportuna para el campo, dicen, y tan inoportuna siempre para los asuntos del alma.

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