miércoles, febrero 21, 2007

RANAS, OTRA VEZ


Lo mejor de Un, dos, tres de Billy Wilder no es que se burle inmisericordemente del comunismo (triplemente representado en la película por un patán fanatizado, una delegación comercial soviética y el siniestro estado policial, de reminiscencias nazis, que se constituyó en la Alemania Oriental) sino que lo hace sin dejar de poner de manifiesto las complacencias y debilidades del capitalismo. Y, si la película sigue haciendo reír, pese a que muchos de sus chistes de guerra fría resultan hoy demasiado obvios o han envejecido, es porque el objeto de su doble sátira sigue en pie: seguimos viviendo en una sociedad complaciente e infantiloide, cuyos detractores visibles (fanáticos religiosos, nihilistas de toda laya, fascistas de terruño, revolucionarios de pega) no sólo no tienen nada mejor que ofrecer, sino que suponen, por su mera presencia, el mejor argumento para aferrarnos a lo que tenemos, antes que ceder a la pavorosa pretensión de éstos de hacer borrón y cuenta nueva. A algunos esta tesis les puede parecer inmovilista, e incluso reaccionaria. Y puede que, en su momento, el filme de Wilder sirviera sin más a los intereses de ese brutal anticomunismo sin matices que tanto ha contribuido a prestigiar la causa que decía combatir. Pero el individualismo de Wilder se impone siempre a cualquier construcción ideológica. Y el desenlace de la película, en el que los distintos personajes asumen libremente la posibilidad de una existencia no necesariamente ejemplar, y ni siquiera del todo legal, pero sí ajustada a sus expectativas, e incluso a sus renuncias, es una afirmación de ese necesario individualismo que, hoy por hoy, es el único sustento conocido de la libertad.

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Y, hablando de libertad: el que nuestra tristísima ministra de Sanidad haya sido obligada a retirar su particular Ley Seca es una excelente noticia para quienes creemos excesivas las pretensiones de control social del actual gobierno. Pero no del todo: esa retirada táctica puede servir de excusa para seguir transigiendo con las vergonzosas borracheras de fin de semana, que nada tienen que ver con la cultura del vino y con su consumo adulto, y sí con una lamentable falta de valores cívicos compartidos y susceptibles de ser defendidos con convicción y autoridad por parte de los gobernantes... Ya se verá. La dejadez demagógica es también un modo de control social, de suscitar que emerjan voces que pidan lo que el gobierno estará muy gustoso de conceder... Como las ranas que pedían rey en la fábula de Esopo.

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Tiene razón Gaya: Vermeer no tiene el "sentimiento de la pintura"; el perfil urbano que distingo al otro lado de la bahía, desde mi ventana, es un Vermeer auténtico, magnífico; pero, por eso mismo, hace inútiles, sobrantes, los paisajes de Vermeer.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Lo único que salía bien parado de la película de Wilder era la Coca Cola

RM dijo...

Ni eso: la escena final desmonta esa teoría.

RM dijo...

A mí, por cierto, me hace mucha gracia la coña implícita con "Lo que el viento se llevó" en el nombre de los personajes femeninos. Creo que además la peli coincidió con el cincuentenario y la que se lió en Atlanta.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Efectivamente. Y que la Scarlett de esta película sea un pendón y que el alma de cántaro con la que está casado el director de la compañía se llame Melania no parece casual.

Lo que sí es cierto es que el tono de la crítica aplicada a individuos es, en general, benévolo: para Wilder, todo el mundo tiene su corazoncito. Lo que no les exime de ser cómplices más o menos activos de las grandes mentiras colectivas, ya sean el comunismo, el poder de las grandes corporaciones o el régimen nazi, con el que colaboraron los empleados alemanes de la compañía.

beatriz dijo...

Para ser individualista hay que ser muy valiente y no llamar libertinaje a lo que simplemente nos da miedo. Este siempre ha sido un defecto desde mi punto de vista de la "burguesia derechoide".