viernes, febrero 23, 2007

RAREZAS DE CARNAVAL

Tal vez la figura más extraña e inquietante que puede verse en la calle estos días sea la del hombre que sale a trabajar antes de que amanezca, y se cruza con los que apuran los últimos instantes de la fiesta interminable. Es un hombre raro, incluso extravagante: mientras los demás van vestidos de indio, de pirata, de fraile desmadrado, de animadora de partidos de béisbol o de marido cornudo, él va de oscuro y embozado en un abrigo. Mientras todos están más o menos embriagados, y andan a grandes zancadas tambaleantes, él avanza en línea recta, rápido, con una determinación que algunos podrían considerar sospechosa. Y mientras todos, finalmente, canturrean, gritan o ríen a carcajadas, este hombre va absorto en sus pensamientos, y ni se molesta en levantar la mirada para ver pasar un tropel de muchachas con orejitas de ratón y falditas de las que asoma una cola rematada en un lazo, ni demuestra la menor sorpresa al cruzarse con un tipo disfrazado de gallo Claudio, o con una pareja de ancianos vestidos de hombres prehistóricos: él, con una maza; ella, con el pelo recogido en torno a un hueso.

Si usted no pertenece, en fin, a la nutrida minoría que no renuncia a un solo día de fiesta, y que parece gozar de insólitos privilegios laborales para poder permitírselo; y si no es tampoco de los que han pedido una baja laboral previa a la faringitis que previsiblemente contraerán después de varios días de vociferar a la intemperie, seguramente alguna mañana de esta larga semana le tocará interpretar el papel de ese hombre. Lo mejor es no ser rencoroso, ni envidioso. Si ha tenido que madrugar, no lo cargue a la cuenta de los afortunados que ni siquiera se han planteado tener que acostarse. Si la calle le parece sucia, piense que a otros les resulta tan acogedora que ni se les pasa por la cabeza la idea de volver a casa. No se sienta el más desgraciado de los mortales, pero tampoco se dé aires de superioridad: los medios de vida de cada cual son un misterio; y que ésta gente no tenga que trabajar un miércoles, pongo por caso, no es más extraño que el que, en primavera, haya afortunados a mediodía en todas las terrazas soleadas, mientras usted o yo cumplimos el horario laboral. Así es la vida: en un país en el que todo el mundo dice trabajar de ocho a tres, las calles, los bares, las terrazas están llenas de gente de ocho a tres.

Y, sobre todo, no haga lo que esos airados ciudadanos de Tenerife que han estado a punto de conseguir la suspensión cautelar del carnaval, por demasiado ruidoso. Lo suyo ha sido una tentativa heroica, sí, pero condenada al fracaso desde el principio. Los tribunales han desestimado finalmente la demanda. Tal vez con el argumento, imagino, de que ese disfraz de hombre laborioso y que necesita dormir ocho horas no es, al fin y al cabo, sino una más de las muchas rarezas que concurren en la calle estos días.


Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Oiga, lo que es milagroso es que le hayan publicado esto en el Diario.

Mohamed Echeonaindia dijo...

Como entiendo al hombre del abrigo.
Este tipo de mascaradas deberian ser suspendidas cautelarmente siempre, por el bien de la paz y de la higiene de nuestras calles. Por ejemplo: mañana los chicos de Alcaraz no me van a dejar dormir. Quien encontrara un juez cauteloso que velara por mis derechos individuales.

E. G-Máiquez dijo...

Muy bonito artículo. Enhorabuena y envidia.
Abrazos

la luz tenue dijo...

¿Y el que vuelve de la juerga y ve al que sale de casa para ir a trabajar? Seguro que en ese momento él también se siente solo, incomprendido por el resto del mundo. Seguro que al echarse en la cama todo le da vueltas...

Syldavia dijo...

Magnifico. Enhorabuena desde Cádiz.

Portorosa dijo...

...en un país en el que todo el mundo dice trabajar de ocho a tres, las calles, los bares, las terrazas están llenas de gente de ocho a tres.
Bueno, es verdad, pero en Cádiz más, ¿eh?
No quiero aburrirte con comentarios tópicos que habrás oído cientos e veces, pero me acuerdo de cuando iba a examinarme a la UNED en la plaza de San Antonio (he vivido un par de años por ahí), un día entre semana, y veía la calle Ancha llena de gente de mi edad, e incluso (lo juro) un número considerable de niños. No entendía nada.


Me ha gustado mucho el post. Un saludo.