sábado, marzo 17, 2007

CAPITÁN AMÉRICA


Nunca he sido un gran lector de cómics, pero sí tengo la suficiente familiaridad con el medio para poder atribuirles a muchos de sus personajes cierto grado de realidad. Y no arbitrariamente: a diferencia de los de una novela o una película, éstos viven y evolucionan ante nuestros ojos durante años. Se podría decir incluso que envejecen con nosotros, si no fuera porque tienen el desazonante hábito de mantenerse siempre iguales a sí mismos, mientras en nosotros florecen las patas de gallo y proliferan las canas. No les guardamos rencor por ello: vivir una infancia que dura ya medio siglo, como Zipi y Zape, parece más bien una maldición; y ser el eterno paladín de unos valores que, como todos los que sostienen nuestra sociedad, cambian o son puestos constantemente en entredicho, puede ser, como mínimo, más bien frustrante.

Es el caso del Capitán América; un personaje que, si no ando equivocado, nunca gozó de gran popularidad en este lado del mundo. Tal vez por ir vestido con la bandera americana, lo que no siempre ha sido una garantía de respetabilidad; o porque nuestra Historia nos ha mantenido alejados de los grandes conflictos a los que este supersoldado arrimaba su poderoso brazo. Así, mientras éste se batía con los nazis, nuestro país permanecía postrado en una dolorosa posguerra, al margen del gran conflicto militar e ideológico en el que andaba sumido el resto del mundo. Y mientras el héroe de las barras y estrellas se enfrentaba a toda clase de amenazas, terestres o extraterrestres, nosotros permanecíamos atentos a la supervivencia inmediata, y nuestros héroes cotidianos eran personajes como don Rosendo Cebolleta o el hoy algo desvirtuado Mortadelo: tipos cuyo máximo logro era sobrevivir a los guantazos del jefe y arreglárselas con un sueldo miserable. Ya hubieran querido ellos llevar los puños enguantados y lucir una capa de raso; ya hubieran querido tener superpoderes; o al menos haber estado, como el mentado Capitán, bien alimentados.

Pero ni siquiera los superhéroes son inmortales. Y así, el pasado fin de semana, mientras algunos políticos llamaban estentóreamente a salvar España y otros guardaban un desconcertante silencio, nos llegó la notica de que, en el mundo de la ficción, tan parecido al otro algunas veces, un francotirador había acabado con el Capitán América, que andaba esta vez empeñado en salvar a su país de nuevas amenazas contra la libertad. Algunos han querido ver en esta muerte un símbolo: esas amenazas se parecían demasiado a las leyes antiterroristas de Bush; otros, más sensatos, la han interpretado como una simple finta comercial, que no excluye la resurrección del personaje a corto o medio plazo.

Aunque yo la interpreto más bien como un acto de objeción de conciencia: de no haber desaparecido a tiempo, ni siquiera sus muchos años le hubieran valido para evitar que lo mandaran a Irak.


Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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