sábado, marzo 10, 2007

CONNOR

Connor tiene ocho años y pesa ochenta y nueve kilos. Una vez, dice su madre, probó una manzana y no le gustó. Además de la fruta, odia las ensaladas y la verdura. Le encantan las chuletas, las hamburguesas y las patatas fritas. Tiene dificultades para vestirse y lavarse. Y, no hace falta decirlo, es blanco de las burlas de sus compañeros de colegio. Los servicios sociales británicos han amagado con acusar a su madre de un delito de maltrato por dejación de responsabilidades. Pero ésta explica ante las cámaras (no faltan cámaras que registren este triste fenómeno de feria) que, ya que Connor se niega a comer otra cosa que no sean los alimentos antes mencionados, no puede dejarlo morir de hambre.

No, no puede. Y los servicios sociales, si ahondasen un poco en la cuestión, encontrarían difícil ver en dónde empieza el grotesco ciclo de dejaciones que culmina en que un niño quede abandonado a sus caprichos hasta el punto de poner en peligro su salud y su vida. La última de ellas, y la más evidente, es la que permite que televisiones y periódicos de todo el mundo hayan difundido la imagen poco airosa de este niño intentando vestirse, o devorando una especie de escalope rebozado y una buena ración de patatas. No estoy muy seguro de que la indiscreción haya partido de la madre: lo más probable es que hayan sido los propios servicios sociales los que, con escasa delicadeza, han querido poner en la picota a quienes, como Connor y su madre, son un vivo ejemplo de que algo funciona mal en el averiado estado de bienestar británico.

Y es que en el mundo de Connor y su madre (desempleada y depresiva) es difícil entender que haya que renunciar a los pocos placeres que alguien en su situación puede permitirse. Lo deseable, ellos lo saben, es que el chico fuera buen deportista, que se relacionase con normalidad con sus compañeros y comiese lo que suele comer un chico de su edad. Ellos, al igual que la práctica totalidad de los ciudadanos del mundo rico, conocen perfectamente la teoría. Pero, en la práctica, ese mundo ideal tiene sus sombras. Y algunas de ellas, seguramente, son las responsables de que la madre de Connor no tenga empleo, sufra depresiones y no haya sabido educar adecuadamente a su hijo. Su calle, su barrio, su ciudad, seguramente le ofrecerán abundantes testimonios de que muchas de las cosas que predican las autoridades no se cumplen. Como no se cumplen, en fin, las expectativas que se derivan de la publicidad, los seriales de la tele, los desfiles de moda, las revistas del corazón…

Sólo una cosa se cumple con escrupuloso rigor en este mundo: las leyes del azar. Lo pude comprobar minutos antes de escribir este artículo, cuando busqué en la Internet datos sobre el caso y descubrí que, ironías del destino, la madre del niño se llama igual que una reputada… nutricionista. Es decir, alguien que nos enseña a comer bien.

Publicado en Diario de Cádiz el pasado martes

2 comentarios:

Portorosa dijo...

El penúltimo párrafo me ha parecido brillante, dentro de un artículo bueno (dicho sea todo esto con toda la humildad de un lector).

Un saludo (y enhorabuena por ese último libro).

Enry Serra Plana dijo...

Hola José Manuel:
Confieso que entré en tu blog por equivocación (me pareció ver que escribias poesia) pero... ¡me alegra haberme equivocado! veo que eres un gran escritor, te expresas perfecta y adecuadamente en los diferentes apartados en donde se publican tus trabajos; repito que me alegra haber entrado en tu blog, y no quiero salir de él sin hacerte llegar mi más sincera felicitación por todo cuanto escribes.

No sé si tendrás tiempo para hacerle una visita a mi blog, pero, si lo tienes, me encantaría ver reflejada tu opinián al pié de la entrada que más te guste (si es que alguna te gusta)
la dirección es:

http://serraplanaenri.blogspot.com

Veo que tu segunda novela la escribiste en VALENCIA. Ýo soy valenciana sabes! Nací y vivo en esta bendita tierra bañada por el Mar Mediterráneo.

Te felicito de nuevo José Manuel.

Un abrazo