viernes, marzo 02, 2007

DELPHI

A veces, el contraste entre noticias leídas en un mismo día ofrece resultados más que curiosos. Los científicos, leo, no se muestran especialmente alarmados ante el hecho de que un asteroide, el Apofis, vaya a pasar rozando la órbita terrestre el año 2029 y tenga alguna probabilidad de estrellarse contra nuestro planeta en el 2036. “Haberlo detectado con tanta antelación —dicen— nos permite estudiar el modo de desviarlo”. Y eso es justo lo que les ha faltado, según leo ese mismo día, a los trabajadores de Delphi de Puerto Real: la decisión de su empresa de cerrarles la fábrica les ha cogido desprevenidos, y los resultados prometen ser tan catastróficos como si un asteroide les hubiese caído encima.

Quienes urden esta clase de cosas fingen, a menudo, que sus acciones son tan implacables como las evoluciones de los cuerpos celestes. En los últimos años, dicen los responsables de la empresa, la factoría no había hecho otra cosa que acumular pérdidas. Lo que no aclaran es de quién es la culpa. No de los trabajadores, en cualquier caso, y sí, con toda probabilidad, de los gestores de la factoría y de los responsables de su línea productiva y comercial. Y lo curioso, según la perversa lógica por la que se rigen los malos empresarios, es que, antes de relevar a esos gestores ineficientes o buscar posibles alternativas comerciales, se acuda a la solución más burda y traumática: cerrar la fábrica, dejando en la calle a mil seiscientos trabajadores y, de paso, incumpliendo los acuerdos que garantizaban la continuidad de la empresa hasta el año 2010, a cambio de subvenciones públicas.

Claro que, al parecer, los trabajadores no han sido los únicos pillados de improviso. Tampoco quien concedía esas subvenciones —la Junta de Andalucía— parecía haber avistado el meteorito social que se le venía encima. Lo lógico hubiera sido que quien aportaba grandes cantidades de dinero público a una empresa en dificultades hubiese establecido algún mecanismo de vigilancia y control para que ese dinero no fuera dilapidado. No ha sido así, y el que la Junta anuncie ahora acciones legales contra la empresa no parece que vaya a cambiar la apurada situación en que han quedado los trabajadores.

El drama es de ellos: la mayoría, leo, roza los cincuenta años. Y a esa edad, como sabe cualquiera que se haya visto en esa circunstancia, un trabajador parado difícilmente encontrará un nuevo empleo: a las empresas les resulta mucho más rentable contratar a jóvenes sin experiencia ni derechos adquiridos.

De lo que cabe concluir, en fin, que a estos trabajadores les ha caído encima un triple meteorito: trabajaban para una empresa mal gestionada; la administración miraba para otra parte; y, para colmo de males, todo esto les sucede cuando son ya demasiado viejos para los requerimientos del mercado laboral. Se veía venir, pero nadie les ha parado el golpe.


Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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