jueves, marzo 01, 2007

EMOCIONES CÍVICAS

Ayer me confesaba vulnerable a las manipulaciones sentimentales a la que nos someten ciertas películas. Y hoy hago lo mismo respecto a ciertos sentimientos de orden, digamos, cívico. Es obvio que no confío en los políticos, en los simplismos ideológicos, en los tópicos que arreglan el mundo entre copa y copa. Pero me emociona ver que sigue existiendo una cierta capacidad de respuesta colectiva, aunque sea puramente testimonial, ante ciertos acontecimientos. La comarca donde vivo anda conmocionada estos días por el anunciado cierre de la factoría de Delphi, que cuenta con mil seiscientos empleados. La gente, en general, andaba ya escarmentada de este tipo de conflictos. Otros más antiguos y de más compleja andadura (el de la construcción naval, por ejemplo) se habían cerrado en falso en ocasiones anteriores, y habían llevado a sospechar que la administración juega con inteligencia al divide y vencerás, y sabe desmovilizar a los más protestones para que éstos, en cuanto ven el futuro más o menos asegurado, se desentiendan de los más débiles, de quienes no tienen contratos estables ni derechos adquiridos. Y ello, después de que toda la población de la comarca sufriese las consecuencias de las protestas y se sintiese tratada poco menos que como rehén...

Frente a estas empresas, digamos, cuyo caudal de simpatía entre la población empezaba a agotarse, Delphi tenía, y tiene aún, una imagen moderna y eficiente, y venía a ser el paradigma del tipo de iniciativas llamadas a sustituir a la moribunda industria naval. De ahí el sentimiento de frustración colectiva que ha despertado la amenaza de que este barco prometedor esté también abocado al naufragio. Y de ahí, también, que este sentimiento se haya expresado hasta ahora con una desusada serenidad: la que nace, supongo, de saber que se cuenta con esa simpatía incondicional, que no puede malbaratarse con planteamientos abusivos ni soluciones injustas.


Los políticos, cómo no, se han dado prisa por capitalizar este sentimiento, y no han dudado en ponerse al frente de la, hasta ahora, ejemplar respuesta ciudadana. No sé si ello abona esa especie de optimismo prematuro que algunos manifiestan. Es posible, sí, que los responsables políticos tengan ya, bajo la manga, alguno de esos arreglos parciales que tan mal sabor de boca dejan, a la postre, en todos. Habrá que ver lo que ocurre. Pero, mientras tanto, quiero registrar cuidadosamente las emociones que este conflicto va despertando en nosotros: en ellas seguramente acabaremos entreviendo el metal del que está hecha nuestra ciudadanía.

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