viernes, marzo 30, 2007

ESPECTADORES

Año tras año, el campeonato de motos de Jerez me plantea los mismos interrogantes. Primero, por qué los aficionados a estos eventos han de emular tan fielmente a los participantes; es decir, por qué quienes gustan de las carreras de motos han de venir a verlas en moto y luciendo toda la parafernalia asociada a los corredores de motos. Y, segundo, por qué, todos los años, los arcenes de las carreteras de la provincia se llenan de adolescentes que aguardan el paso de los motoristas; no el de los campeones, claro, que se supone que andan descansando en los mejores hoteles de la zona, sino el de la mera concurrencia; es decir, todos esos tipos que se rigen por la misma lógica que llevaría a un aficionado a la ópera a andar por el mundo disfrazado de Rigoletto, o a un forofo del boxeo a entrar en una cafetería con las manos enfundadas en guantes acolchados.

De estos dos fenómenos, el que más desazón me causa es el segundo. Chicos que, en el día a día, seguramente desafían la autoridad de los adultos (no hay más que ver esas sudaderas con capucha que llevan, como atributo de rebeldía), se agolpan en los quitamiedos para admirar, e incluso vitorear, la exhibición que unos adultos hacen del poderío económico que les permite poseer esas motos, lucir esos trajes y, en algunos casos, esas novias rutilantes que llevan a la grupa de sus vehículos. La mayoría de estos chicos, supongo, también tienen novia, y algunas también se han congregado junto a la carretera para aplaudir el paso de las motos. Pero, al lado de las motoristas, enfundadas en esos monos relucientes, estas niñas de los pueblos de la carretera parecen descoloridas, como si el polvo de las muchas motos que han visto pasar se les hubiera pegado indeleblemente a la piel.

Y es que ése es el quid del asunto: aquí todo se reduce a ver pasar. Pasan las motos, pasa de largo la clase media dispendiosa, las rubias rutilantes, el bienestar ocioso, el cosmopolitismo de las noches ruidosas en Jerez o El Puerto. Todo eso se pierde en el horizonte, envuelto en una nube de humo y en una larga pedorreta mecánica. Y atrás quedan, encaramados a los quitamiedos, como pollos en el palo de un gallinero, los de la capucha, la novia descolorida, la secundaria irresoluble y el desempleo en perspectiva. Es un espectáculo, supongo, no muy distinto del que ofrecen los chicos de Mauritania o Malí cuando se agolpan al paso de la París-Dakar.

Los imagina uno de vuelta a casa, al final de la jornada. Algunos, con la capucha puesta; no porque se dispongan a armar una barricada, sino para defenderse del relente del atardecer. O a lomos de sus ciclomotores, esos temibles ciclomotores de los pueblos andaluces, más ruidosos que una moto de gran cilindrada. Van haciendo sus cálculos: tantos años repartiendo pizzas, a tanto el viaje, y ya tengo para comprarme el casco… La rubia vendrá después.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz.

2 comentarios:

Camilo de Ory dijo...

Hay una palabra preciosa en inglés, "trainspotting", supongo que es un neologismo, que creo que significa sentarse a ver pasar los trenes, la vida. Hace años se hizo una estupenda película con ese titulo.

Pero las motos se ven pasar de pie, y en lostrenes no van montadas rubias despampanantes de paquete.

El ruido de los trenes es un ruido amigable.

E. G-Máiquez dijo...

El artículo es espléndido.