miércoles, marzo 21, 2007

LA LECTORA

Un hombre de cincuenta y tantos años y una chica que lo mismo podría tener diecisiete que veinticinco: o muy crecida para su edad o en una gloriosa prolongación de la plenitud adolescente. Padre e hija, seguramente. Están sentados frente a la puerta, así que, cuando entro en la pequeña sala de espera, me instalo en el sofá derrengado que hay frente a ellos, en cumplimiento de la ley tácita que nos obliga a repartirnos equitativamente el espacio disponible en un habitáculo pequeño. Ellos están sentados en sillas, por lo que quedo a una altura considerablemente inferior. Lo que me coloca en una posición, digamos, un tanto comprometida: tengo enfrente, justo a la altura de mis ojos, las hermosas piernas cruzadas de la muchacha, enfundadas en unas medias negras semitransparentes, que emergen de una minifalda a cuadros blancos y negros, a juego con el suéter también negro que contrasta, por su seriedad, con las graciosas coletas (negras) que le recogen el pelo por detrás de las orejas... Un aire, digamos, a modelo de Givenchy, o a Audrey Hepburn.

Sería maravilloso poder entregarse a la contemplación de una muchacha así, sin más. Pero procuro no resultar indiscreto: saco mi libro y me pongo a leer. De vez en cuando levanto la vista y, para disimular, miro al padre antes que a la hija. Éste anda absorto en sus pensamientos, y no parece reparar en que ahora tiene a un intruso que no pierde detalle. La chica se aburre. De pronto, trastea en un bolso insondable y saca unas gafas galácticas, a juego con su indumentaria, y un libro: un Pérez Reverte de bolsillo, El sol de Breda, creo. Me llama la atención que emita unos extraños ruiditos al leer, como si, en la lectura silenciosa, pusiera las cuerdas vocales en tensión y se le escaparan pequeños gemidos involuntarios, restos de frases o palabras estranguladas antes de ser emitidas. El caso es que la lectura también la aburre. Se quita las gafas, cruza y descruza las piernas repetidamente, le susurra algo al padre. Y entonces llega el gran momento de la velada: mira las gafas al trasluz y se las limpia... en el filo de la falda, con lo que la púdica compostura que hasta ahora venía observando cede a un inesperado gesto de abandono. La miro disimuladamente, mientras finjo leer. Observo sus manos finas trastear con el filo de la falda, alzándola ligeramente. Y, contra lo esperado, no acuso la punzada dolorosa que se suele sentir en estos casos, sino una imprevista sensación de... felicidad.

4 comentarios:

conde-duque dijo...

Qué fuerte, don Humbert Humbert... ¡Cómo se entere la APA!

Portorosa dijo...

Olé.

Chica minifaldera dijo...

LLegar a las consultas con tu padre tiene su encanto. Por lo pronto te permite sentarte en el lugar que, por pudor, nunca escogerías. Además te sirve de escudo, de excusa para mirar sin dar la sensación de hacerlo.

Ayer cuando llegamos a la salita de siempre, del dentista de siempre, estaba vacía. Al rato apareció un señor cuya cara me suena vagamente. Dudó al escoger el sitio y lo noté incómodo al sentarse mucho más bajo que yo. Noté su mirada recorriendo mis piernas, mi pelo, mi aspecto general. Se recató sacando un libro y alternando la lectura con unas miradas que pretendian ser doctas en la materia, sin caer en lo libidinoso.
Me hacía ilusión notarlas, y cómo intentaba disimular mirando a mi padre previamente como excusa.
Puse el punto final cuando, tras imitarle con lo del libro, levanté levemente mi minifalda y limpié con su forro mis gafas.
Tuve una sensación inmensa de conquista. Lástima que la enfermera me llamó. Sé que él también disfrutó. Un favor se le hace a cualquiera.


Permítame la licencia Sr. Benítez.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Estimada señorita minifaldera:

Convierte usted mi anécdota en una bella historia de amor y en un relato bastante bien resuelto. Si alguna vez lo publicamos, deberemos firmarlo los dos.

Lástima que la consulta en la que yo estaba no fuera la del dentista: eso me impide hacerme ilusiones.

(¿Seguro que es usted una señorita minifaldera?)