viernes, marzo 23, 2007

LA PAGA

Como todos los padres, a veces me hago el remolón o el desmemoriado a la hora de dar “la paga” a mi hija; bien por no tener suelto, o bien porque, simplemente, no me acuerdo, y quien paga (como bien saben muchos trabajadores) nunca entiende la impaciencia y las necesidades de quien espera cobrar… También las relaciones familiares se prestan a estas arbitrariedades, que sólo van cediendo conforme las partes afectadas van comprobando, día a día, la necesidad de respetar los acuerdos, tácitos o explícitos, alcanzados entre ellas; y constatando, de paso, que de ese respeto sale reforzada la necesaria confianza mutua. Pero esta situación ideal sólo se alcanza después de no pocas probaturas fallidas, unidas a otros tantos intentos, por alguna de las partes, de imponer su supremacía sobre las otras. La existencia de niños irreductiblemente caprichosos y de padres déspotas es la demostración de que estos intentos no siempre fracasan.

Hago esta reflexión porque yo mismo, recuerdo, me hallé en su día en la misma posición que mi hija. Mi padre, que era —y es— un hombre generoso, casi nunca ponía pegas. Pero, ay, a veces no tenía suelto; o no se acordaba, mientras yo, en mi enfurruñamiento adolescente, me resistía a rebajarme a pedir lo mío. Sospecho que en alguna ocasión quiso calibrar hasta dónde llegaba mi orgullo, lo mismo que yo más de una vez me propuse medir hasta dónde alcanzaba su socarrona inadvertencia… Juegos de poder, en fin, de los que seguramente los dos aprendimos algo del otro, de sus humores, de su sentido de la urgencia de las cosas. Fue él, todo hay que decirlo, quien instauró la solemne circunstancia de la paga cuando, un día que todavía recuerdo, puso en mis manos un duro, con la promesa de que esa entrega se repetiría a partir de entonces todos los sábados. Qué responsabilidad: a partir de ese sábado, recaía sobre mí el peso de decidir si compraba un tebeo o una bolsa de soldaditos, o si guardaba la paga para futuros gastos. Con ese acto, mi padre me obligó a tomar decisiones y a aplazar deseos. Y fue una buena enseñanza: no he hecho otra cosa desde entonces.

Lo que nunca se me hubiera ocurrido, en fin (y espero que no se le ocurra nunca a mi hija), fue llevarlo a los tribunales para exigir una subida: es lo que ha hecho, leo, un sevillano de veintidós años, que denunció a su padre porque éste sólo le daba ciento cincuenta euros mensuales (además, se entiende, de mantenerlo y pagarle los estudios). Se da el caso de que el padre, desempleado, sólo percibe setecientos euros al mes… Afortunadamente, el juez ha desestimado la demanda, y ha recordado irónicamente al demandante que, a partir de cierta edad, “la lucha por la vida es asunto personal de cada uno”. Algo en lo que este veinteañero, como otros muchos de su edad (y quizá algún que otro treintañero), seguramente no había reparado hasta entonces.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

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