domingo, marzo 25, 2007

POESÍA DE SENECTUD

Vengo escuchando en la radio del coche un programa literario dedicado a una poeta octogenaria que acaba de publicar un libro. Naturalmente, los elogios desmedidos que le dedica el locutor me parecen poco dignos de crédito, no ya porque la poeta no merezca ese reconocimiento público (tiene a sus espaldas una obra notable), sino porque traslucen esa bobaliconería bienintencionada con la que quienes leen poca o ninguna poesía creen dar por bien despachados a los poco conocidos y aún mal estimados poetas contemporáneos.

El libro en cuestión es un libro de senectud: escrito con descuido, e inevitablemente abocado al tópico; en este caso, sobre asuntos sociales y políticos de actualidad, que han despertado la indignación de la escritora mientras ésta los seguía... por televisión, desde su mecedora (que es, por otra parte, lo que corresponde a alguien de su edad). Poesía de circunstancias; digna de respeto por venir de quien viene, pero merecedora, también, de un cierto silencio que no comprometa el crédito y el criterio de quien, como es el caso del locutor, tiene la obligación profesional de celebrarla y ensalzarla.

No es fácil actuar correctamente en estos casos. Yo, por ejemplo, opto por omitir aquí el nombre de la aludida, para dejar mi comentario en el terreno de lo puramente genérico, y para no dar un disgusto a la anciana, la pobre. He ahí la gran paradoja que plantea el hábito de ensalzar apresuradamente a los poetas viejos, antes de que se nos mueran: con frecuencia, los elogios llegan tarde y, más que llamar la atención sobre la obra verdaderamente valiosa de esos poetas, lo que hacen es confirmar en los no lectores de poesía la impresión de que todo esto es, a fin de cuentas, cosa de viejos, de sensibleros, de chalados. Cuando es justo todo lo contrario.

(Lo que no quiere decir, en fin, que no haya grandes poetas ancianos; e incluso poetas que sólo llegaron a ser verdaderamente grandes en su senectud.)

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