miércoles, marzo 28, 2007

USTED

Como el presidente del gobierno, yo tampoco sé lo que cuesta un café. Claro que, en mi caso, está justificado: hace años que no lo tomo, por mi propensión al insomnio. Claro que si me preguntan por el de la caña de cerveza...

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Sin embargo, lo grave de este tipo de exhibiciones no es que cojan en falta al presidente, sino que se note su falta de empatía hacia las cuestiones que le plantea la gente común, o se trasluzca su falta de sinceridad, o su hipocresía. Peor que lo del café, por ejemplo, fue el rodeo macroeconómico que dio para responder a un chico de diecinueve años que le preguntaba por qué no podía comprarse un piso. Con lo fácil que era acertar con la única respuesta verdadera: "Porque, a los diecinueve años, hijo, nadie puede comprarse un piso".

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Y una curiosidad: ¿por qué la gente le hablaba de usted, mientras él se permitía tutear a todo el mundo, incluido al presentador? En eso me recordaba a los médicos. Con una diferencia: a los médicos, ese tuteo les sale espontáneamente. En su caso, sin embargo, se notaba forzado, autoimpuesto. Se hubiese sentido más cómodo hablándole a todo el mundo de usted.

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