domingo, abril 22, 2007

CALLE DEL DESENGAÑO


Presentado, por fin, mi Sexteto... en la madrileña librería Rafael Alberti. Alguna vez he ironizado sobre los actos literarios, en general, con sus ritos, su público escaso y, en ocasiones, forzado, su inoperancia como puente de comunicación entre la soledad del escritor y la necesaria comparecencia de un público que justifique el gasto de papel y tinta... También a mí me aplico el cuento. Pero hago mis salvedades, claro. Quizá en la trastienda de una librería, entre fondos descatalogados, que se guardan allí por puro sentido del respeto debido a los libros que una vez nos acompañaron, y con un aforo que, lúcidamente, no da cabida más que a unas pocas decenas de personas, esta clase de actos no esté, después de todo, tan fuera de lugar. Se respetaron, cómo no, los ritos de la ocasión; pero se pudo leer despacio y sin levantar la voz, en la seguridad de que se estaba oficiando un acto íntimo y familiar, y no una mascarada. Salimos contentos y relajados (yo, más que nadie); nos tomamos una cerveza, nos despedimos como personas que, sin conocerse demasiado, comparten una fe básica en las virtudes de la cordialidad y en la validez del pretexto que nos convocaba. No hubo más. Ni menos.

***

En el tren, de vuelta. Seguramente, muchos de los malentendidos que nos llevan a sentirnos defraudados por nuestros semejantes tienen un origen parecido a lo que voy a contar. La muchacha no había viajado nunca a Cádiz, y tampoco debió de sacar buenas notas en geografía, cuando estudiaba... A partir de Sevilla, cada vez que el tren hacía una parada, nos preguntaba: "¿Esto es Cádiz?". Sonreíamos, le decíamos que no, que no había posibilidad de error, puesto que el tren no puede ir más allá, a no ser que se sumerja en en Atlántico... En San Fernando, a quince minutos de su destino, volvió a preguntarnos: "¿Esto es Cádiz? Es que viene mi hermana a recogerme y..." No pudo terminar. Acababa de ver a su hermana en el andén, agitando la mano. Trató de llegar a la puerta del tren, pero éste ya había arrancado. "¿Pero no preguntabas por Cádiz?", le decimos. "Sï, eso dice mi billete. San Fernando, Cádiz". Advertimos en ella una mirada de rencor. Debe de imaginarse que le hemos gastado una broma pesada. Y el caso es que, sin motivo alguno, nosotros también nos sentimos culpables.

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Calle del Desengaño... Para la clientela que acude al ancestral comercio que aquí se practica, los motivos del nombre están claros. Sobre todo, si uno iba en busca de una mujer y no es muy observador.

5 comentarios:

conde-duque dijo...

Me alegro de que todo fuera bien. Lamento mucho no haber podido acudir; fue mala suerte, cuestión de fuerza mayor... En fin.
Me ha dado mucha pena de la muchacha del tren. Y sí, debe sentirse ud. culpable. De hecho, a mí me está empezando a caer mal... (es broma)

desaparecido dijo...

Una pena no haber estado, Pamplona no me ha dejado viajar a Madrid...

Acabo de terminar tu "Gigantes y Molinos", un oasis en la literatura que he tenido que leer últimamente, una joya.

Saludos.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Hombre, por fin conozco a un lector de ese librito casi secreto. Me alegro de que te haya gustado.

Virgilio Revelado dijo...

Gracias por unos buenos relatos,por su palabra, por su lectura, por una buena tarde (de "voz apagada"), agradable en intima multitud. Deseo la mayor de las venturas para su libro, para ustede y para su bella señora.

Por cierto, por cierto, algún dia habrá que hablar de cuanto hay de soberbia detrás de estas "voces apagadas" como detrás del saludo correcto del señorito a la portera. Bueno, otro dia.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

No creo que sea soberbia. Sí, quizá, una clase de orgullo, con un cierto componente defensivo. Pero, bueno, mi psiquiatra, en caso de que lo tuviera, podría hacerle el diagnóstico mejor que yo.
Gracias por sus buenos deseos. Y me alegro de que el libro le haya gustado.