lunes, abril 23, 2007

EL VALLE DE LOS DESNUDOS

En marzo de 1935 filmaba Edgar Neville en Diario de Madrid una reseña del mediometraje Elysia, Valley of the Nude (1934), uno de los clásicos del género conocido como sexploitation, es decir, la explotación, bajo una apariencia documental o científica, de asuntos relacionados con el sexo o la desnudez. Neville no se asustaba de nada, aunque su razonamiento nos parezca, hoy, un tanto carpetovetónico:

En ella se muestra la vida apacible que disfrutan los que, huyendo de la civilización, se recluyen en una finca, se desnudan y, sin un mal pensamiento, se ponen a jugar a la pelota y a columpiarse. Ésta es la parte que nos hace estar disconformes con el naturismo; nos parece que cuando se ha logrado reunir en una finca una serie de amigos sin ropa, entre los cuales descuellan algunas jóvenes bellas, es un poco pueril y poco naturista el ponerse a jugar a la pelota*.

Y quizá ahí está el quid de la cuestión: el naturismo no parte de la naturaleza, sino de la cultura, y consiste en cultivar un modo superior de cultura en el que se obvian determinadas imposiciones de la naturaleza que, en la vida diaria, son dolorosamente subrayadas por ciertas restricciones de nuestro comportamiento. Jugar a la pelota desnudos como si no existiera el deseo, como juegan los dioses en los mismísimos Campos Elíseos: ésa es la idea. Y Neville la entendía bastante bien, sin duda, sólo que aquí condesciende a explicársela a sus conciudadanos, no tan refinados ni tan afortunados como él.

(Luego, tras el estallido de la guerra civil, procuraría hacerse perdonar esta especie de hedonismo deportivo, defendido ante una sociedad cejijunta y estrecha, que ahora se entregaba a la otra gran pasión natural de la especie: matarse entre sí. Pero, como decía el camarero de Irma La Douce, eso es ya otra historia.)

*Tomo la cita del libro de Juan Antonio Ríos Carratalá Una arrolladora simpatía. Edgar Neville: de Hollywood al Madrid de la posguerra, Ariel, 2007, pág.215)

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