miércoles, abril 18, 2007

HIPOCONDRÍAS DE LECTOR

Hay dos maneras de leer periódicos: la primera, como si lo leído fuera algo, si no ajeno, sí lo bastante lejano como para no influir demasiado en nuestras vidas; y la otra, como si diésemos por sentado que todo lo que dicen los periódicos nos afecta irremisiblemente. Lo normal, supongo, es el término medio: que seamos indiferentes a algunas noticias y enormemente sensibles a otras. Ante estas últimas, eso sí, reaccionamos como hipocondríacos: es decir, como si creyéramos reconocer en nosotros todos los síntomas de las situaciones descritas en ellas. Sobre todo, si se trata de predicciones más o menos fundadas. De nada nos sirve saber que éstas casi nunca se cumplen. Hace treinta años, por ejemplo, cualquier dibujante de tebeo preveía que en el 2000 iríamos todos enfundados en trajes galácticos y nos desplazaríamos por el aire impulsados por un cohete atado a la espalda. Nada de esto se ha cumplido. Tampoco se acabó el petróleo, como se preveía entonces, ni hemos vuelto, de momento, a esa especie de Edad Media con coches viejos que auguraban las películas de Mad Max. Lo que explica el escaso crédito del que, en general, disfrutan esta clase de profecías. Y no porque no tengan fundamento: lo que ocurre, más bien, es que casi nunca prevén que el hombre es un ser adaptable, que ha sobrevivido a glaciaciones, hambrunas y epidemias. Y caprichoso: aunque pueda alimentarse de comprimidos, como preveían las novelas de ciencia ficción, prefiere seguir comiendo naranjas y filetes; y aunque pueda permitirse el lujo de lucir un mono plateado, prefiere vestir camisetas de algodón y pantalones de mezclilla, como hace treinta años, aunque en los bolsillos esconda un verdadero arsenal de juguetes tecnológicos avanzados.

Eso me digo cada vez que me llega alguna predicción apocalíptica. Como la que anuncia, por ejemplo, que en apenas unas décadas el nivel del mar habrá subido apreciablemente. Miro la bahía, dormida a pocos metros de mi casa, y pienso con melancolía que mis nietos no podrán heredar el piso en el que vivo, o tendrán que acceder a él en barca. Por esas mismas fechas, leo en otro sitio, el número de ancianos (entre los que me contaré, si Dios quiere) superará ampliamente el de niños. Con lo que cabe imaginar que esos mismos nietos, en lugar de ser atendidos por abueletes pacientes y animosos, como ahora, habrán de sufrir las impertinencias de una caterva infinita de viejos, o serán mimados hasta extremos inimaginables...

Como ven, soy un lector hipocondríaco: me veo ya viviendo en ese mundo anunciado. Pero soy un hipocondríaco, digamos, optimista. Iremos en canoa por las calles de las nuevas Venecias sobrevenidas, nos disputaremos las atenciones de los pocos niños que correteen por nuestro mundo de viejos. Pero seguiremos adelante, echándoles la culpa de todo a los políticos y fiándonos muy poco de los periódicos.


Publicado ayer en Diario de Cádiz

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Pasado mañana, viernes 20, a las 7.30 de la tarde, se presenta mi Sexteto de Madrid y otros cuentos en la librería Rafael Alberti, de Madrid (c/ Tutor, 57). Lo presentará el escritor Andrés Trapiello.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Ah, ¿pero Vd. sigue leyendo periódicos?

conde-duque dijo...

Vaya, voy a estar con el tiempo pilladísimo para poder ir, porque justo a las ocho tengo que estar obligatoriamente en la otra punta de Madrid, pero a ver si por lo menos puedo pasar a saludarle. Supongo que no va a estar antes paseando por aquí, porque antes no tengo problema...
En fin, espero verle, y si no, que lo pase bien en los Madriles.
Un saludo.